Mitos
de la educación
Miquel Casals Roma
quelocasals@yahoo.es
0. Introducción.
Reformar la educación. El clamor social es
casi unánime mientras los políticos, a bombo y platillo, anuncian un cambio
tras otro: LOGSE, LOACE, LEC, LOMCE… En siete leyes estatales desde que empezó
la democracia, podemos resumir la acción de gobiernos de distinto color. Da la
impresión de que la enseñanza es un sector en perpetua renovación, lo cual es
radicalmente falso. La educación lleva décadas sin renovarse, porque sólo se
está removiendo la fachada. Las transformaciones no han alcanzado la médula, es
decir, las aulas, que conforman un paisaje alicaído y demacrado, centro de
métodos educativos rudimentarios lastrados por contenidos teóricos de dudosa
utilidad.
Hay dos espacios en el sistema educativo. El
primero, referido a la organización de los centros escolares, a la estructura
de los cursos, al currículum educativo, a la burocracia, a la composición de
los órganos, que se recicla de forma continua, como el manar del agua de un río
que se renueva constantemente. Pero hay otro, fundamental, que está empantanado
y erosionado. Sin que los ciudadanos (pedagogos y políticos inclusive) lo
hayamos advertido, se ha producido una perversa dicotomía: la educación exige
cambios allí donde nunca se han hecho, y estabilidad donde siempre se está
cambiando. Tenemos gobernantes cortos de miras, que sólo prestan atención a
algunos aspectos de la educación, insistiendo machaconamente en replantear las
asignaturas del currículum (sobretodo ciudadanía y religión), la estructura de
la ESO, la organización de los centros escolares; al mismo tiempo que olvidan,
abandonan de forma flagrante asuntos como la metodología del profesorado, el
régimen de responsabilidades de los menores… La célula básica del sistema
educativo, la clase, permanece como siempre, imperturbable. Las aulas son
espacios herméticos, aislados, donde nadie más que el profesor y sus alumnos
conocen lo que sucede en su interior.
1. Los males de la educación.
Se habla mucho de la educación, pero se
reflexiona muy poco acerca de ella. La mayoría de ciudadanos se limita a
resaltar el bajo nivel de los contenidos que se imparten en las escuelas, el
poco respecto a los profesores, la abulia de muchos alumnos… Las reflexiones se
detienen en las consecuencias y apenas se plantea como abordarlas. Para superar
este empantanamiento, tenemos que cambiar las perspectivas, proponer otros
puntos de vista, ofrecer nuevos planteamientos que desvistan algunos mitos. No
se cambiará nada si no rompemos con visiones clásicas enquistadas en nuestro
acervo cultural. Con dicho propósito empieza este ensayo académico,
estructurado en tres partes: agentes, ESO y método.
Agentes
educativos
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¡¡¡Protejamos al menor!!!: de la calle a la
burbuja
El primer mito a romper lo encontramos en el
pilar que se sustenta todo el edificio educativo: el alumno.
La Constitución y las leyes distinguen dos
tipos de personas: los mayores y los menores, estos últimos son considerados
débiles, idiotas e irresponsables y, por lo tanto, incapaces de dirigir su
existencia. A los dieciocho se produce el “gran salto”, al pasar de escasos
compromisos sociales a asumirlos todos, de sopetón. Evidentemente, esto es
incongruente con el propio sentido del crecimiento. La educación es lenta,
progresiva: empieza en el seno materno y se desarrolla durante toda la vida,
incluyendo la vejez.
Para las leyes españolas, un menor de edad
es rematadamente idiota, y por lo tanto es incapaz de distinguir lo que está
bien de lo que está mal, lo que le conviene de lo que no le conviene, lo que
tiene que hacer de lo que no tiene que hacer. Y para colmo de males, además de
irresponsable es frágil y, ante todo debe ser protegido como un jarrón ming entre cristales blindados.
Un menor es un proyecto de hombre. Al
principio débil, incapaz de llevar a cabo sus funciones vitales más elementales.
El crecimiento es progresivo. En paralelo al avance de sus capacidades y
conocimiento de la realidad, deberían hacerlo sus responsabilidades y derechos,
para así dirigir su existencia hacia el destino proyectado, acompañado por padres y educadores. No hay que arrebatarle
el timón de su vida. Lo contrario supondría confusión, abulia existencial,
angustia, inseguridad… Necesitan guías, no pilotos. Cada uno recorre su camino.
Los adultos necesitamos poca ayuda, los menores más.
La legislación española de protección del
menor es fruto de una época peculiar, vinculada con el fin del franquismo y los
efectos del 68. Este período histórico, cándido, ya está superado. Hemos pasado
de una sociedad de familias numerosas y analfabetas, de niños que vivían en la
calle, a una situación inversa, a agrupaciones nucleares de hijos únicos
cubiertos por una burbuja que, más que proteger, ha dañado la propia esencia
del menor. Ahora deberíamos de madurar, lo que en términos filosóficos
equivaldría con la síntesis hegeliana. La burbuja inmobiliaria ya estalló hace
unos años, ahora hay que romper con la que envuelve a los menores, de lo
contrario la sociedad no dispondrá de sus mejores bazas para afrontar los retos
del futuro. Porque esta burbuja, supuestamente protectora, es al mismo tiempo un
anestésico que adormece a los emprendedores. En la propia sangre de un joven
debería fluir el afán por lanzarse a los retos de la vida. Ellos quieren
cambiar las cosas y su ilusión es el valor más aquilatado de una sociedad.
Si un chaval de quince, doce, incluso diez
años, comete un crimen, el código penal considera que no es culpable, porque
ignora la naturaleza del acto. Esta o cualquier otra consideración que niegue
el conocimiento de un menor, son falsas. Incluso un niño de cinco años, en
muchos casos, sabe cribar las acciones perjudiciales de las que no lo son. No
tenemos que regresar al otro extremo y meterlos directamente en la cárcel. Un
menor tiene más derecho a equivocarse que un adulto, tanto porque tiene
limitadas las experiencias, porque aún no ha completado su personalidad o porque
su naturaleza es impulsiva. Pero esto no implica total impunidad.
La
sobreprotección ha convertido a algunos de nuestros menores en adictos a las
prestaciones, poco dispuestos a aceptar sacrificios y alejados de las
exigencias de la vida. Poco conectados al mundo real. Y, al mismo tiempo,
infelices. Porque la felicidad tiene un vínculo indisoluble con la naturaleza
de cada uno, y un proyecto de hombre incapaz de guiar su vida, sólo puede
sentirse frustrado. Un joven es el miembro de la sociedad con más fuerza y
ambición. Debería canalizar sus energías en una voluntad de emprender, de lanzarse
a los retos sociales, aunque suponga atravesar ciertas penurias (vivir en pisos
compartidos, comer y vestir barato…). Para labrarse su propia vida, erigirse en
lo que los norteamericanos denominan self
made man, hay que empezar desde cero, sin más propiedad que las manos y los
brazos.
La enseñanza más profunda de la vida que
todos podemos recibir, desde luego que no se encuentra en ese espacio cerrado
de unos pocos metros cuadrados, que llamamos aula. Cuando las personas perdemos
el soporte paternal que nos ha protegido, pasamos a ser el patrón de nuestro
propio barco para dirigirlo allí donde queramos, con permiso de la sociedad y
la naturaleza.
Tratando de mejorar la calidad de vida de
nuestros hijos, estamos empeorando lo peor, su sentido. El niño acaba
distanciándose de la realidad social, porque sus padres se encargan de
afrontarla por él. Este mantenimiento tenaz y erróneo de un entorno acomodado
para ellos es un grave error que cometemos los padres. ¿Pueden comprenderse los
valores de la existencia en un mundo sin decisiones, sin sacrificios, sin
responsabilidades? La felicidad va ínsita en el discurrir del proyecto de una
vida de cada uno. De lo contrario aparecen, como setas en un otoño lluvioso, jóvenes
perdidos, amargados, dependientes, anestesiados, que huyen del entorno social
para refugiarse en mundos virtuales.
Al privarles de sus responsabilidades y
deberes, también les hemos arrebatado la consideración que se merecen. Los
tratamos como si fueran de otro mundo, un mundo de cartón cuyos asuntos no
merecen respeto. Quiero citar tres ejemplos, cotidianos en las escuelas, que
revelan un trato irrespetuoso hacia los intereses de los menores y un agravio
comparativo en relación con los adultos.
En primer lugar, las privaciones de patio. Hay
directivos y profesores que no tienen reparo en castigar a los alumnos sin su
recreo, ¿a qué empresario se le ocurriría privar a sus trabajadores de sus
veinte minutos reglamentarios?, ¿qué diferencia hay entre el descanso de uno y
otro?, ¿es más necesario el receso de un adulto que el de un niño?
En segundo lugar, los deberes en casa. No hay
ningún control respecto a este asunto. Hay menores que se sientan acosados desde
que se levantan hasta que se van a la cama, hagan o no hagan los ejercicios. Todos
los trabajadores necesitamos desconectar de nuestras faenas. Por esto existen
las tardes libres (o no), los fines de semana, las vacaciones.
Finalmente, quiero llamar la atención sobre
un minúsculo detalle, revelador del poco aprecio que se tiene hacia los
intereses propios del menor: el timbre de cambio de hora o de inicio del patio.
Hay profesores que, una vez ha sonado continúan la explicación prolongándola
unos minutos más. Puede suceder que marche un profesor y automáticamente entre
otro, sin que los alumnos puedan gozar de un breve receso entre clase y clase.
Un maestro pretendidamente sagaz, alegará que se trata de una minucia, que detener
y frustrar su explicación supondría dar prioridad al timbre, como sinónimo del
orden, frente a la educación que él encarna. A mi juicio se trata de una burda
excusa. En primer lugar, porque el profesor es el primer responsable de planificar
las clases y el tiempo. Y porque tan o más importante que la explicación, es el
descanso.
Si lo que más le preocupa a un hijo, ante
unas malas notas, es la airada reacción de los padres, o las medidas que ello
acarreará, el barco ya va a la deriva. Le habrán manipulado tantas veces el
timón, que ha renunciado a conducirlo por su cuenta. La juventud puede ser el
más gratificante de los episodios de la vida. Muchos creen, erróneamente, que
para disfrutarla hay que vivirla en franca alienación social, es decir, huyendo
de cualquier tipo de compromiso o vínculo. No tenemos que atar a los jóvenes,
ni darles más de lo que merecen. La libertad, entendida como el hacer lo que
uno quiera y pueda, cuesta un precio y todos debemos pagarlo.
De la misma forma que en algunos asuntos hay
un exceso de sensibilidad hacia los menores, en otros pasa todo lo contrario.
Hemos agigantado la protección al menor y, al mismo tiempo, empequeñecido su
voluntad. Vemos traumas en todas partes, analizamos las circunstancias que le
envuelven, y lo último que se nos pasa por la cabeza es preguntarle a él que le
está sucediendo y qué quiere hacer. Observamos con tenacidad microscópica el
ambiente que le envuelve, y ni tan siquiera reparamos en quién está en el medio
del meollo. En una sociedad que da prioridad a las circunstancias, hemos
enterrado la voluntad. Decidir ya no tiene valor, porque lo que importa es el
marco que nos influye.
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La
reina del tablero: el profesor.
Antes de que soplara la ráfaga
revolucionaria de 1968, los trabajos de mayor responsabilidad social funcionaban
como roles obsoletos, rígidos y estatutarios. Hoy en día hemos ido al otro
extremo: la docencia es una profesión, una forma de ganarse la vida. Policías,
médicos, abogados, periodistas, militares, conciben sus tareas como faenas que
conllevan unos deberes (cumplir el horario, asistir a reuniones, realizar guardias…)
y unos derechos (retribución, vacaciones…). Más allá de la perspectiva
individual, un patético erial donde no echa raíces el compromiso social.
¡Que se abra el telón!
En una sociedad que ha borrado del mapa las
nociones de disciplina, el oficio de profesor se ha ido acercando al de un
actor de tragicomedia que despliega sus dotes en el impío escenario de las
aulas: hay que mantener a la muchedumbre a raya, sin más herramienta que una
bien llevada capacidad teatral de persuasión. También hay que contar con la
potencia de la voz. Hay profesores que pueden proferir del orden de veinte a
cincuenta advertencias en una sola hora de clase, frente a unos alumnos que han
aprendido a rozar los límites de lo correcto.
Mantener a los alumnos a raya implica un
fabuloso desgaste físico. Pero también socava el propio rol de profesor,
degradándolo al de domador de fieras (con todo el respeto a los profesionales
circenses). Las mejores herramientas de supervivencia en el sistema educativo
no son la sabiduría, ni el afán de progreso, ni el compromiso social, sino
estar dotado de una voz autoritaria, de cierta imperturbabilidad estoica y de
un sobrecogedor repertorio expresivo.
Si en los tiempos de la disciplina y el
respecto, la distancia entre el profesor y los alumnos era gigantesca, ahora la
cercanía es tal, que muchos docentes se hacen cómplices, quieran o no quieran,
de los intrincados problemas juveniles. No sólo se trata de lidiar con ellos
cada minuto de la clase sino también de, cuál burros de carga, acarrear con los
conflictos familiares, los problemas de la pubertad, los desequilibrios
emotivos…
¡La zanahoria para el burro!
Maestros
y profesores son funcionarios. Los que pertenecen al sistema privado, tienen
unas condiciones laborales idénticas o similares. En España, el aliciente que
tienen los empleados públicos para ganar más dinero son los complementos de
antigüedad. Es decir, que a medida que pasa el tiempo, aumenta el sueldo. Un funcionario
que presta su servicio con la mayor competencia y esmero, puede ganar menos que
uno que se dedica a escatimar tiempo y que destina todas sus inquietudes a
obtener y agrandar sus privilegios individuales. En el sistema educativo
español la antigüedad no es un grado, sino todos. El profesor más antiguo suele
acaparar las ventajas: cobra más, tiene menos alumnos por clase, tiene a los
mejores alumnos, imparte las asignaturas más instructivas, trabaja más cerca de
casa, recibe los horarios más cómodos… En muchos centros escolares hay un
reparto de prebendas, tolerado e incentivado por las directivas, y silenciado
por la Inspección, donde los recién llegados o los menos veteranos, quedan al
margen, lo cual implica recibir las peores condiciones.
El librillo del maestrillo
Cada maestrillo tiene su librillo. Por
supuesto. No se trata de resquebrajar la libertad pedagógica. Sin embargo, la
frase podía completarse: cada maestrillo tiene su librillo y lo pone a
disposición de la sociedad. La metodología y sistema de evaluación de cada
profesor es opaco. Exigimos transparencia a los políticos, pero nosotros
permanecemos en la penumbra. La metodología no un asunto privado entre los
alumnos y el profesor. El docente despliega un servicio público para el bien de
la sociedad. No podemos exigir a los ciudadanos que confíen ciegamente en
nuestros métodos.
La transparencia debería ser un valor
imprescindible para las sociedades del siglo XXI. Transparencia es barrer la
penumbra que permita a los cargos públicos actuar sin rendir cuentas, desde el
presidente del gobierno al profesor de una escuela. La opacidad no distingue a
los que ejercen su cargo público con sentido del compromiso de los que evaden
sus responsabilidades. Hay profesores en ambos extremos y una amplia mayoría
sumida en el medio. No podemos colocar al profesor vago y al comprometido
dentro del mismo cajón. Cada profesor debe salir a la palestra social,
exponiendo méritos y vergüenzas.
Respeto, ¿para qué?
El respeto se ha convertido en una fórmula
anticuada, retrógrada, reaccionaria, contra-revolucionaria, indisolublemente
ligada a la autoridad, a la jerarquía, a la sumisión. Fue uno, o quizás el
mayor, de los bastiones a demoler en el 68. Con ánimo de desvanecer el tejido
conservador social, basado en categorías jerárquicas, en clases sociales, hemos
puesto en tela de juicio valores como la disciplina y el respeto.
Pero el respeto no es sólo una pieza moral
del Antiguo Régimen (entendiendo las pervivencias culturales más allá de la II
Guerra mundial). El respeto ha formado parte de las sociedades humanas,
empezando por las más arcaicas. Su significado genuino implica un
reconocimiento social y no supone discriminación de ningún tipo. Respetar a un
anciano es gratificar a alguien que está recorriendo el tramo final, escribiendo
las últimas páginas de su libro, reconocer el valor de sus aportaciones.
Respetar a nuestros padres, a nuestros profesores, en el fondo no es nada más
que inclinarse suave pero firmemente ante los pilares básicos de nuestra
sociedad.
Disciplina y corrección.
La disciplina ha sido aniquilada como valor
social. En la actualidad, la concebimos como un mal necesario, y la tratamos
como un producto de las leyes, negándole su condición de bien cultural. En las
revueltas estudiantiles del 68 la disciplina fue expulsada del nuevo código
moral, ya que durante siglos había sido una herramienta del poder para dominar
a los ciudadanos.
La disciplina tiene distintos significados,
yo quiero referirme a unas reglas de conducta que hay que cumplir para seguir
un método y conseguir un objetivo (ejemplo: levantarse a las siete, estudiar
una hora al día, no hablar en clase…). La madurez vendría a significar la
aceptación y comprensión voluntaria de unas normas que, hasta entonces, nos
venían impuestas por nuestros padres o tutores. Es el salto de la subordinación
a la autonomía. Una sociedad de individuos auto-disciplinados es una sociedad
ideal. La madurez es admitir que la disciplina es necesaria, y que ya no
necesitamos a nadie que nos lo recuerde.
La
disciplina impuesta a los menores, entendida como un camino hacia la
auto-disciplina y no como una forma de sumisión, es necesaria. Hay que
reactivarla con el propósito de mejorar nuestra condición de ciudadanos.
Y sin olvidar que los menores deben
responder de sus decisiones, aunque de forma distinta a los adultos, porque
toda acción conlleva unas consecuencias. Como antes les enseñemos la lección,
mejor preparados estarán para no equivocarse en la madurez, que es cuando se
toman las decisiones más importantes.
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Politicastros.
Criticar a los políticos es fácil, lo hace
todo el mundo. Receloso de mi autonomía, tiendo a nadar contracorriente, pero
en este campo no voy a resistir la fuerza de estas aguas enaltecidas por la
indignación: comparto con muchos ciudadanos la crítica feroz y despiadada hacia
la clase dirigente.
Los políticos no son nada más que peones
incompetentes de un sistema en que los que realmente mandan son un par de
partidos y las multinacionales. Hemos perdido al cargo público comprometido que
trabaja para el bien común, ya sea porque los que mandan no tienen esta
intención o, porque aunque la tengan, no pueden trabajar en esta dirección. Un
político no actúa por criterio, ni convicción propia. Es un mandado, que ha
sido adiestrado dentro de un partido político, seleccionado y dispuesto a
cumplir con los dictados de su organización.
Los partidos políticos mayoritarios quieren
votos. Para conseguirlos, han ideado un sistema en el que el ciudadano,
creyéndose libre para elegir, siempre acaba votando dos opciones, porque ignora
que haya otras (silenciadas por los mass
media) o porque los minoritarios no ganarán nunca. Somos como ratas que
deambulamos por un circuito cerrado, pasando de una trampilla a otra, ignorando
que estamos presas de él.
Hace mucho tiempo que los políticos han
decidido no abordar los verdaderos problemas de la educación. Se han limitado a
constatar que la educación no funciona y a prometer cambios con continuas,
rimbombantes e inútiles reformas: LOACE, LEC, LOMCE… Artificios legislativos
que actúan como bombo y platillo, como una solución aparente a un tejido
aparente.
Un
aumento de los recursos que destina el Estado sería beneficioso para la
educación, pero no se trata de un simple problema de dinero. La cuestión de
fondo es, sencillamente, que los que tienen que llevar a cabo el cambio no
están dispuestos a ello. En 2008, llegada la crisis, se habló de ambiciosas
reformas, pero a lo único que se han dedicado es a formular programas vacíos con
apariencia de cambio: transparencia de los poderes públicos, legislación hipotecaria,
LOMCE…
El gobierno, a través del Ministerio de
Educación, dirige a los servicios de inspección. Los inspectores de educación,
pagados por los ciudadanos, deberían trabajar para el progreso social, pero son
peones que cumplen las misiones que les asignan los políticos, cuyo objetivo
principal es mantener las cosas como están.
Si hay funcionarios vagos e individualistas,
la responsabilidad lo es tanto de los funcionarios que deciden adoptar esta
conducta, como de sus superiores que la toleran. Los políticos han actuado con
benignidad frente a los irresponsables como un medio de autoprotección: yo no
me meto contigo si tú no lo haces conmigo. De esta manera se consigue blindar
los flujos de responsabilidad y mantener un corporativismo de los empleados del
sector público, frente a los ciudadanos. Este corporativismo público ha alejado
a la función pública de los ciudadanos: es un muro invisible, pero sólido e
infranqueable que desvía al estado de su verdadero sentido: el bien común, para
canalizarlo hacia los intereses de la clase política y de las élites
económicas.
La
ESO
-
Un escenario de cartón piedra: la ESO.
Tan degradada como la condición de
profesor, es la propia ESO. Hoy en día estas siglas tienen connotaciones grises,
vinculadas con el fracaso escolar, con el bajo nivel educativo. La ESO está por
los suelos. Entre círculos de profesores, es casi unánime la opinión de que la
LOGSE ha fracasado.
La ESO es un período escolar, una
estructura, pero también una titulación. Es decir, un objetivo: la zanahoria
que persiguen todos los alumnos durante, al menos, cuatro años, Pero, a juicio
de muchos (incluyendo los empresarios), se trata de una zanahoria insípida. En
la sociedad de la titulitis, donde un
flojo currículum puede ser motivo de exclusión social, la ESO no es ninguna
garantía.
Para que una titulación tenga un valor
aquilatado, debe de reunir dos requisitos: justicia y prestigio. La ESO carece
de las dos. El prestigio lo ha perdido a medida que los profesores hemos
rebajado la exigencia. Y la justica, desde que se han ideados vías más fáciles
para acceder a la titulación, por ejemplo, con las pruebas blandas para los N.E.E.
(alumnos con necesidades educativas especiales que presentan baja capacidad
intelectual).
Defiendo que los NEE tengan sus propios
recursos metodológicos de aprendizaje, adaptados a sus necesidades. Pero una
cosa es la enseñanza y otra la evaluación. A la hora de puntuar los resultados,
todos los alumnos deberían ser medidos por el mismo rasero, de lo contrario la
titulación se desvalora, deja de ser una garantía de que su titular posee las
habilidades adecuadas.
Una serie de factores, actuando
conjuntamente, han degradado la educación: la falta de normas disciplinarias,
una titulación falseada e inútil, la desmotivación de los docentes,
convirtiendo los institutos en escenarios de cartón-piedra, que esconden una
realidad sin consistencia. Hay muy poco de serio y mucho de tragicomedia en la
práctica educativa de los centros docentes. Gestos, ademanes y expresiones
teatrales de los profesores, métodos sin sustancia, evaluaciones de
mentirijilla... Como más aparente sea algo, mayor será la distancia con la
realidad. Como más aparente, menos profundo. Nos esforzamos en que las amenazas
parezcan graves, en que las notas sean el símbolo del futuro, pero no hay nada
de real en todo ello. Un instituto es un teatro en el que se representan obras
insulsas y soporíferas, adornado con un escenario postizo de cartón sostenido
por unos trémulos bastidores: los profesores. Nada tiene consistencia.
Cuando alguien se esfuerza en mantener una
apariencia, será porque pretende ocultarnos la verdad. ¿Qué verdad? Que no
creemos en la educación. La cuestión de fondo es, simplemente, de valores, de
fe.
Los poderes públicos son los guionistas de
esta tragicomedia llamada educación. Profesores y alumnos somos sus
protagonistas, y padres los actores secundarios.
Los poderes públicos deben conjugar
estadísticas favorables (es decir, números) con una educación prestigiada y la
única forma de unir ambas es con la apariencia: hacernos creer que la enseñanza
es digna, dándole el rimbombante cartel de titulación para un futuro, pero al
mismo tiempo llevando el interior de las aulas a límites inaceptables de
permisividad.
Limpiamos la fachada con notas hinchadas y
estadísticas falseadas, pero como no se actúa en el interior, vamos acumulando
la suciedad en el patio trasero. De esta forma hemos infectado todo el
edificio, ni tan siquiera la fachada se libra de esta maloliente decadencia.
-
Cristo, Rousseau y Marx.
La igualdad de oportunidades es un valor
incuestionable de las sociedades democráticas. Sin embargo, como la doctrina ha
recalcado, hay que matizar la expresión. No somos iguales, por lo tanto, los
recursos deben ser distintos para cada uno. La educación debería ofrecer a cada
uno las oportunidades adecuadas para sus aptitudes y capacidades personales.
Hay alumnos con necesidades educativas
especiales (NEE) que requieren más atención y unos medios específicos, lo cual
implica un esfuerzo añadido para todos los agentes educativos. No hay nada que
objetar a dichas medidas siempre que los que las reciban les correspondan con
el mismo esfuerzo. Es natural entender que más recursos implican más sacrificio
de quien los recibe.
En un aula con más de quince alumnos es
difícil llevar a cabo una atención personalizada. Además, los profesores no
estamos preparados para atender a los alumnos con necesidades especiales. Para
corregir el déficit, los poderes públicos han incluido psicopedagogos y profesorado
especializado (CREDA) en las plantillas de los centros escolares. Estos
profesionales pueden ser decisivos a la hora de que un niño o joven pueda
insertarse en la sociedad. Su responsabilidad es inmensa. Hay casos difíciles
de encauzar, pero en otros, la intervención del psicopedagogo puede sacar del
pozo del fracaso escolar al alumno. El caso de los disléxicos es el ejemplo más
llamativo. Muchos de los psicopedagogos (no todos) no han asumido la magnitud
de su tarea. No creen o no piensan que puedan ser una pieza clave en la vida de
un niño y se dedican a eludir responsabilidades. Tienen un horario indefinido y
esto lo aprovechan para escatimar todo el tiempo posible, en una muestra
evidente de que anteponen sus intereses individuales a su responsabilidad
social. Autonomía significa no rendir cuentas ante nadie y la aprovechan para
eludir tareas. En lo que sí están dispuestos a hacer un gasto energético es en
simular que están trabajando todo el día. Son una muestra clara de que los
miembros de nuestra sociedad, la española y la catalana, no tenemos la
suficiente talla ética y el nivel de compromiso social para trabajar por
nuestra cuenta. Como en las sociedades culturalmente menos desarrolladas, aún
necesitamos encuadrarnos dentro de un esquema jerárquico, con un poder superior
y holgazán que se dedique a estar encima de nosotros, controlándonos para que
no nos descarriemos. Somos unos irresponsables.
Un NEE (disléxico, TDH…) es una patata
caliente correteando por un centro escolar, que nadie quiere tener en sus
manos. Su cuadro clínico pasa de padre a profesor, de profesor a tutor, de
tutor a psicopedagogo, de psicopedagogo a asistente, de asistente a psicólogo o
psiquiatra y así, sucesivamente, sin que nadie esté dispuesto a tomar las
riendas.
Esta ineficacia en la atención a los NEE,
supone un perjuicio añadido a la educación escolar, porque su problemática (y
la de los alumnos conflictivos) acapara el tiempo extra de los profesores. En
las reuniones de evaluación, los alumnos ejemplares apenas son mencionados. Y
los tutores tampoco les prestan atención, agobiados por los asuntos de los problemáticos.
Sin embargo aún hay un caso más flagrante
que el de los NEE, porque su situación es la de completo olvido.
La religión cristiana, Marx y la democracia
tienen una cosa en común: la ética de la ayuda al desfavorecido, de la lucha
por la igualdad. Hemos concebido la educación como un sistema para responder a
las necesidades de alumnos de nivel bajo y nivel medio. Nos indignamos porque
un centro escolar carezca de los recursos previstos para un NEE, pero nunca se
nos ocurriría pensar en plantear la problemática de los que descuellan por
arriba. Es como si, en analogía a la economía, procurásemos creer y favorecer
una clase media (baja) educativa. Los profesores programamos los contenidos
para que los entienda una mayoría. Nunca se nos ocurriría subir o bajar mucho
el listón
Pese a las disfunciones, los NEE gozan de un
programa específico de atención y cierta mentalidad social de apoyo. Pero no hemos
previsto nada para que un joven con facultades sobresalientes o mucha ambición,
pueda ir más lejos.
Aunque los contenidos educativos son
laicos, la ESO tiene de mentalidad cristiana. Hemos conseguido que los futuros basureros
lean novelas, pero en el camino hemos sacrificado al genio que descubrirá el
motor eléctrico.
La
educación no es sólo un derecho individual. No hay que concebirla como un
montante de recursos que hay que repartir equitativamente a la población. La
educación es, en su origen y legitimación,
una necesidad social y, como tal, hay que concebirla. En una sociedad donde el
motor del desarrollo es la I+ D, donde la creatividad y la inteligencia humana
suponen grandes avances, donde las calamidades ecológicas que nos aguardan en el
futuro pueden esfumarse gracias a un ingenio individual, deberían conceder
recursos específicos para los jóvenes que sobresalgan. No en su dimensión de
justicia (oportunidades para todos), sino de progreso.
Son
los verdaderos frustrados, los sacrificados por el sistema.
Cuando el Estado social ofrece recursos
educativos a sus ciudadanos, lo hace a cambio de algo. La educación es una
oportunidad para todos, pero también una inversión en el futuro. Y el activo
más rentable es el de los jóvenes que nos abrirán nuevos horizontes, con los
que afrontar los colosales retos que nos aguardan.
El
método
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¡¡¡Viva el empollón con gafas de culo de
botella!!! La educación como una máquina de transmisión de conocimientos.
En las escuelas, los profesores nos
dedicamos, básicamente, a transmitir conocimientos. Todo el tejido de la
enseñanza está concebido en base a la adquisición de saberes. Es un engranaje
estructurado en asignaturas y unidades didácticas, cuyo objetivo es inculcar al
menor unos saberes predeterminados.
Pero la educación no debería ser sólo una
máquina de transmisión de conocimientos. Que el mayor esfuerzo y tiempo se
destine a dicho fin, no implica que sea único, o el más importante.
¿No hemos explicado, en el apartado
anterior, que la educación es un proceso de adquisición gradual de autonomía y
responsabilidad?
¿Y el conocimiento de uno mismo? ¿Puede la
educación ayudar a que los alumnos, además de aprender los fenómenos externos,
puedan descubrirse a sí mismos? Con ello no pretendo aludir a episodios
espirituales de meditación trascendental o de auto-recogimiento, o cualquier
otra técnica de reflexión interior. Si no podemos conocernos por dentro, al
menos sí que podemos reconocernos a través de nuestras obras o nuestras
acciones. Porque otra manera de observarnos mejor es pulir, explotar y,
también, exhibir todas o casi todas nuestras capacidades.
En
los centros escolares se potencian muy pocas habilidades: la memoria (en
especial la fotográfica) y la inteligencia abstracta. Dos ámbitos en los que el
empollón con gafas de culo de botella se mueve como pez en el agua. Las
aptitudes artísticas, atléticas o manuales, quedan relegadas a un segundo plano
o a la ignorancia. A pesar de que hay asignaturas específicas para estos
ámbitos, en la mayoría de las ocasiones los profesores eluden las tareas y
evaluaciones prácticas, para recaer de nuevo en los contenidos abstractos y
teóricos en los que vuelven a valorarse la memoria y la abstracción. Puede suceder,
por lo tanto, que un joven hábil y atlético suspenda educación física porque no
memoriza el sistema muscular, o que un niño prodigio con el violín fracase
porque no escribe bien la respuesta a lo qué es una corchea.
La ignorancia sobre las aptitudes creativas,
físicas y manuales las sume en un peligroso letargo, ya que pueden atrofiarse o
incluso olvidarse. Si no despiertan en la juventud, difícil será que lo hagan
más tarde. No es tan exagerado decir que en los centros escolares se amputan
muchas habilidades, y no sólo habilidades, sino actitudes como la iniciativa y
la creatividad.
¿Por qué tan elevadas cifras de fracaso escolar?
Quizás porque en el sistema educativo no tienen cabida los atléticos, los ágiles,
los artistas, los creativos, los manitas…
El
conocimiento que se imparte en la educación debe ser útil para quien lo recibe,
es decir, para el alumno, pero también debe de serlo para la sociedad. Aquellos
que tienen una visión material de la utilidad y la confunden con el beneficio
económico, sólo aceptan como provechosas aquellas lecciones que sirvan para
ganarse la vida como obrero cualificado o para lucrarse en el mercado
(tecnologías, informática…). Pero una sociedad que afronte los retos del futuro
necesitará, además, emprendedores y creadores con valores, vecinos solidarios y
comprometidos con el medio ambiente, ciudadanos autocríticos con visión
política, mujeres y hombres felices… Por ello no hay que desechar, además de
las asignaturas instrumentales, la ética, las ciencias sociales, las ciencias
del entorno, las artes… Sin embargo, es cierto que en las aulas de primaria y
secundaria siguen impartiéndose lecciones sobre contenidos que no reportarán
beneficios individuales ni sociales: análisis sintáctico, fonética, propiedades
aritméticas y, en especial, términos y clasificaciones exclusivas del ámbito
académico (monocotiledóneas, angiospermas…). Arrinconar el conocimiento
exclusivamente académico debería servirnos para centrarnos y profundizar en el socialmente
útil.
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¡¡¡Viva el academicismo!!! Una máquina de
transmisión de conocimientos teóricos.
El hombre ha clasificado los conocimientos
en ciencias y dentro de ellas los ha ordenado en categorías teóricas. En las
escuelas y los institutos, el saber se explica desde la óptica racional y
abstracta. Este propósito es lo que se conoce como academicismo.
Muchos autores anglosajones están criticando
este método de exponer los conocimientos. Alegan que nuestra forma de aprender
mimética no se adapta al academicismo y que, además, los conocimientos teóricos
apenas sirven para la vida práctica. Y tienen razón, al menos en parte. El
academicismo es válido para formar a profesores universitarios, pero no para
lecciones de primaria o secundaria.
Pese a algunos intentos por superarlo, el
academicismo sigue muy vivo y, como un pulpo con largos tentáculos, se ha
extendido por todas las asignaturas escolares. En lugar de corregirse, como una
bola de nieve va descendiendo imparable llevándose todo el saber consigo, desde
las asignaturas instrumentales, a las clases de educación física y de arte. Los
profesores, cuál adiestrados reclutas, ejecutan su labor, fieles a los
principios de explicación racional y ordenada.
¿Conocemos bien la capacidad intelectual de
un niño de diez, doce o catorce años? Quizás en el campo tecnológico, en el uso
de interfaces cibernéticas, pueda ser más avispado que un adulto. Yo me refiero
a aspectos más mundanos, como por ejemplo entender las noticias de un periódico
o de un telediario. Diez, doce o catorce años no son suficientes para que
madure su forma de entender la realidad. Esto mismo sucede cuando este niño tiene
que comprender una explicación o un libro de texto ordenado de forma abstracta
y académica.
El academicismo está presente en las
explicaciones, en los libros, pero también en las pruebas de evaluación. Muchos profesores no tienen reparo en formular
definiciones en los exámenes: ¿qué es un enunciado?, ¿qué es una silaba?, ¿y un
reptil?, ¿qué es el proceso de industrialización?, ¿y la propiedad conmutativa?...
El menor, incapaz de articular explicaciones académicas por su cuenta, se verá
obligado a memorizar la respuesta, aunque entienda lo que le están preguntando.
Con este tipo de ejercicios, se antepone lo inútil a lo útil no sólo con los contenidos
(preguntando nociones que sólo servirán para tesis doctorales), sino también
con la forma de aprenderlos (dando prioridad a la memoria fotográfica frente a
la comprensión).
Les exigimos que elaboren respuestas a
preguntas abstractas, sin que les hayamos enseñado a elaborar formulaciones
teóricas.
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Clases magistrales o el gorrión en la ventana.
Metodología del profesor.
En muchos aspectos, la educación sigue
anclada en la edad de piedra. Las ambiciosas reformas educativas siempre
incurren en el mismo error, como un coche que tropieza mil veces con la misma
piedra; no en vano toda reforma es un simple escaparate de publicidad de los
políticos a quienes importa, ante todo, aspirar a ofrecer rimbombantes objetivos
cambiando las formas, pero sin atreverse nunca a entrar en el fondo : las aulas.
Otra de las costumbres antediluvianas en
las que siguen anclados muchos maestros y profesores está relacionada con el método
de impartir sus lecciones: las clases magistrales. Hay que decir, en su favor,
que nadie les ha indicado alternativas. Hay profesores que prefieren pasarse una
hora hablando desde de su tarima, disfrutando de su propia voz, en un
egocéntrico acto de posesión suprema de la información. Creen que todo lo que
sale de su boca es un manjar delicado, de sus labios, cuál pétalos de flor, se
expelen áureos y exquisitos manjares de conocimiento que sus receptores deben
paladear. Tampoco se trata de pasar al extremo contrario y prodigarse en
silencios interminables. Pero un profesor debe ser consciente de que, por muy
interesantes que sean sus disertaciones, la atención continuada supone un
desgaste para el alumno. De forma inconsciente pero compulsiva, muchos docentes
aturden, aburren, desgastan la educación, matan la curiosidad, aplacan emociones,
destruyen el futuro con su implacable verborrea. Los que son más reacios a
ceder la posesión de la palabra, son los que menos toleran que sus alumnos se
aburran tras treinta minutos de disertación. Es egocéntrico aprovechar el aula
para verter pulsiones internas, inquietudes personales, para disfrutar siendo
el polo de atracción como lo sería el protagonista del monólogo de una obra de
teatro. Pese a su deteriorada condición, las aulas son como recintos sagrados
del aprendizaje y de ellas nadie es amo y señor.
El cerebro humano no está programado para
soportar palizas y menos en una sociedad tan dispersa, tan multi y tan pluri. A los
niños y jóvenes podemos pedirles, recomendarles que estén atentos pero nunca
obligarles, ni tan siquiera exigirles. La decisión de atender es estrictamente personal
y hay que respetar la voluntad de hacerlo o no hacerlo.
La explicación oral, seguirá siendo el pilar
básico de la educación primaria y secundaria. Pero también tenemos que enseñar
a los jóvenes a que vayan aprendiendo por su cuenta, a que se descuelguen de la
dependencia del profesor, de la misma manera que lo hacen de sus padres, de
forma paulatina. Las tecnologías actuales ofrecen múltiples posibilidades para
que los estudiantes emprendan el camino por su cuenta.
La explicación no debe de manar de forma
apabullante. Puede alternarse con la lectura del libro de texto, práctica de
ejercicios, visionado de audiovisuales….
¿Qué han hecho los políticos, y sus peones
de ajedrez, inspectores de educación y asesores pedagógicos, para reconvertir el
método de las clases magistrales? Lo ignoro, pero me atrevería a decir que nada
más que alusiones. La formación del profesorado se basa en conceptos
abstractos, es reacia a las perspectivas prácticas. Me viene a la memoria la
conferencia destinada a los docentes, llevada a cabo por una pedagoga, que
giraba en torno a las dificultades de atención de los alumnos. Las diapositivas
del power point se ceñían al clásico
esqueleto académico: concepto, características, clasificación... Con ellas
consiguió dilapidar casi toda la conferencia. Para terminar mostró la imagen de
un alumno aburrido en clase, ajeno a las lecciones del maestro, con la mirada
distraída en un gorrión que discurría por la repisa de una ventana. Con una
entonación intrigante, propia del que relata una historia de misterio, lanzó la
pregunta clave ¿por qué el niño observa el gorrión y no escucha al profesor?
Unos segundos de silencio flotaron en el ambiente, en los que la ponente se
embargó del poder para sacudir las inquietudes de sus oyentes. Nadie respondió,
tampoco ella. Aquellas fueron sus últimas palabras, había logrado poner un
broche de oro a un insípido e inútil circunloquio de una hora. Quien conoce a
la mayoría de pedagogos sabe que su función es la de añadir pero no resolver.
Una cosa es acompañar la explicación con
nuevas tecnologías, ejercicios, y otra es denostar el principal material de
estudio, el libro de texto. El manual debería ser el camino por el que el
alumno discurre en el aprendizaje durante un curso, en las asignaturas de
contenido (naturales, sociales) y en las instrumentales. Hay docentes que no
tienen reparo en prescindir del libro o de una parte de él, y suplen el temario
con apuntes y fotocopias varias.
La crítica a la calidad de los manuales escolares
debería estar en primerísima plana. Los ciudadanos nos quejamos repetidamente
del precio. Veinte o treinta euros a cambio de conocimiento, ¿es mucho o muy
poco? He tenido en mis manos ejemplares de dudoso valor, especialmente de la
enseñanza de lenguas, que priorizan contenidos teóricos. Sin embargo, para
nuestra sociedad la calidad de los libros escolares es un asunto secundario. La
inquietud central es el precio. Tratarlos como un gasto impuesto que hay que
adquirir a un mínimo coste denota menosprecio y, por ende, una bajísima noción
de la educación. Una sociedad con las inquietudes perturbadas no puede
funcionar bien. De esta situación somos todos culpables, en especial el
colectivo de profesores, porque nosotros somos los que tenemos el encargo y la
responsabilidad de elegir los libros para cada curso (entre un reducido margen
de opciones). En este sentido las decisiones se toman de forma irresponsable y
precipitada, muchas veces influidas por un regalo de la editorial (un portátil
para el departamento). ¿Qué es un regalo sino el trabajo encubierto de una
empresa que apuesta por el engaño y no por la calidad?
Quiero hacer una última precisión. He repetido
hasta la saciedad que los contenidos educativos están hinchados de teoría y
academicismo. Pero no pretendo que se confunda este planteamiento con la
defensa de la metodología concienzuda y algo rígida. Los profesores debemos de
programar cada curso. Las clases convertidas en un escenario diario de
improvisaciones son fruto de un profesor sin rumbo. Hay que flexibilizar los
academismos educativos, no tanto las metodologías de trabajo. La idea del
profesor abierto al progreso educativo no debe conectarse con la del que
reniega del método.
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Felicidad, ¿para qué? ¿Y el entretenimiento? La
desalmada versión del aprendizaje.
¿Felicidad?
Una infancia triste es un tesoro hundido en
lo más profundo del océano. ¿Pueden ser felices nuestros hijos dentro de recintos
masificados divididos en jaulas asépticas, cercados por vallas, donde rigen
unas pautas marcadas de conducta y una convivencia impuesta? Nosotros los
padres, pasamos por lo mismo, alegamos. ¡Necios! Sin embargo, cambiar el
diseño, la arquitectura, la organización de los centros escolares sería una
tarea colosal, que exigiría grandes inversiones.
Les recomiendo que se den un paseo alrededor de
un centro educativo a partir del mediodía, cuando niños y jóvenes cargan sobre
sus espaldas unas cinco horas de clases magistrales. No obstante dicho paseo es
una quimera, porque escuelas e institutos están herméticamente cerrados al
exterior (generalmente con verjas), condición que sólo comparten los centros
penitenciarios y los militares. Pero si lo hiciesen, de una forma u otra se
sentirían envueltos por un ambiente hostil, como un explorador adentrándose en
el corazón de la jungla: golpes y otros ruidos violentos brotando de las
paredes, gritos desganados, alaridos, voces desquiciadas de profesores, risas
burlonas. Tendrán la impresión de que las paredes del edificio vibran, tratando
infructuosamente de reprimir el espíritu indómito de los alumnos.
No se
les permite salir de las aulas, incluso para ir al lavabo. No pueden deambular
sin la presencia de un profesor. Tienen que ir en grupos. Su libertad de
movimientos puede compararse con la de los prisioneros en una cárcel. Viven
agrupados en una voluminosa densidad, en especial durante el recreo. Todo
recuerda a una lúgubre prisión. En el ambiente hostil flota una brisa de
salvaje convivencia.
Los adultos (y las revistas de cuchicheo)
somos conscientes del valor que tiene el ambiente de trabajo. El ideal lo vemos
plasmado en los jardines y en las habitaciones espaciosas de Facebook. Sin embargo,
no se nos ocurre extrapolarlo a los menores, porque erróneamente los tratamos
como seres distintos. ¿Son los jóvenes hostiles por naturaleza o es el desalmado
ambiente escolar el que los transforma en tales?
Las leyes y la cobardía de muchos profesores,
han concebido a los menores como una responsabilidad ambulante con patas. Hay
que evitar a toda costa que actúen fuera de su control, de lo contrario alguien
pagará por sus fechorías. Es el desagradable juego de te veo, te vigilo, te
pillo. Todas estas represiones lo único que estimulan son los deseos
transgresores de los alumnos. Hay que felicitar a la mayoría, que no están
dispuestos a incumplir pese a las limitaciones que sufren. Por muchas
matizaciones que se pongan, los centros escolares son entornos grises y
hostiles.
¿Y el entretenimiento?
Menos rimbombante que la felicidad, es el
entretenimiento. Tampoco hay que confundirlo con la diversión. ¿Pueden ser
entretenidas las mates, las lenguas o la música? La respuesta de la mayoría del
profesorado sería negativa, a tenor de los métodos que emplean. Algunos docentes
suponen que sus clases magistrales son fuente inagotable de amenidad y que los
ejercicios prácticos son deberes para hacer en casa, que los audiovisuales son
poco académicos, que las excursiones incitan a una desmesurada diversión… ¿Se comprende mejor la Revolución industrial
desde la perspectiva de una explicación oral y teórica que desde una lámina,
una novela, un largometraje o la excursión a una fábrica restaurada? Una imagen,
una experiencia, vale más que mil palabras, aunque por sí sola es incompleta.
Una clara muestra de la compulsiva creencia
en que lo ameno debe de estar vinculado con el sistema academicista de
educación escolar, son los célebres formularios pregunta-respuesta con los que
los profesores apabullan a los alumnos tras algunas experiencias prácticas: en
un enconado esfuerzo por llevar el academicismo y la teoría a los confines del
conocimiento, imponen encuestas sobre filmes, documentales, excursiones… Un
propósito útil es sacarle rendimiento a la experiencia con debates orales,
trabajos más prácticos; otra el recurso a método de la sempiterna hoja con
preguntas-respuesta, de cuyo acoso los estudiantes no se sustraerán durante los
diez años de su trayectoria educativa (de seis a dieciséis años) ¿Y las
excursiones? ¿Por qué les encantan tanto a los alumnos y las detestan tanto
algunos profesores? Una buena oportunidad para renovar el ambiente, socializarse.
Sin embargo la mayoría de salidas al exterior se organiza siguiendo el esquema
académico de las aulas y lo único que cambia es quien imparte las lecciones: el
profesor es substituido por un guía.
Este contumaz comportamiento docente de extirpar
la amenidad y espontaneidad del conocimiento conduce a un efecto indeseado: el
aborrecimiento de películas, documentales e incluso las excursiones. Hemos
suprimido el aprendizaje espontáneo, al no permitir que ellos disfruten sin
exigirles nada más a cambio.
Un alumno que disfruta aprendiendo es
muchísimo más valioso para la sociedad que otro que saca un diez. La fe, la
pasión mueven montañas. Un diez refleja unas aptitudes, enaltece el orgullo,
pero no deja de ser un número. Que el aprendizaje emocione, es decir, que
penetre y lo asimile como una experiencia íntima, no tiene parangón. La enseñanza no es un juego, pero puede ser
una pequeña aventura.
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Pedagogía estelar: la paradoja de la élite
educativa
En el Olimpo del saber educativo moran los
pedagogos, una especie de gurús oculta bajo las tinieblas de los cargos
públicos de confianza. Los responsables de dotar a la educación de contenidos
más prácticos son, a su vez, los que más inciden en la vía teórica. No hay pensamiento
más abstracto y pseudocientífico que el de un pedagogo. Son los encargados de
formar a nuestro profesorado y cumplen su misión con métodos académicos. Cuando
en la Unión Europea surgió un nuevo paradigma, la educación por competencias,
los pedagogos promovieron seminarios teóricos de cómo llevar a cabo una
educación práctica: suministraron conceptos abstractos y clasificaciones
tipológicas de la educación por competencias. Los profesores asistimos a
conferencias en la que los pedagogos desplegaron sus diapositivas power point.
En ningún caso ofrecieron métodos ni soluciones prácticas. Esta es la paradoja:
abordar con más teoría una reforma práctica de la enseñanza.
La educación por competencias, como otros
programas de renovación educativa, son montones de dinero dilapidados. Hoy en
día la educación por competencias sobrevive en la terminología de las
programaciones del profesorado y en el nombre de las pruebas de capacidad. Nada
más. Otro experimento condenado al fracaso.
Si entendemos que los cambios de desarrollan
desde arriba, es fácil comprender que son los pedagogos y los políticos los
principales responsables de este empantanamiento teórico de la educación. Son
ellos los inculcan la visión académica al profesorado que, a su vez, la
transmite a sus alumnos.
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¡Más, más, más!
Lo breve, si bueno, dos veces bueno. Una
mayor cantidad, no implica una mayor calidad. La fatiga, el hastío conducen a
un resultado perverso, distinto al previsto. Para un alumno que pasa nueve
horas encerrado en un centro escolar, es inevitable el contagio. La crisis ha supuesto
la supresión de los comedores escolares y, como consecuencia, la concentración
de las clases de secundaria por las mañanas. Una medida de choque en apariencia
negativa, pero liberadora para los alumnos, que empiezan a mostrarse menos
fatigados y conflictivos.
Los adultos conocemos las virtudes de la
desconexión. Es decir, somos conscientes de que es positivo para nuestra salud
psíquica gozar de jornadas o temporadas en las que podamos desvincularnos del
trabajo: recargar las baterías. Lo que llamamos descanso o vacaciones,
amparados por leyes laborales. Es cierto que los menores disfrutan de periodos
vacacionales mucho más amplios que los adultos, aunque no hay que olvidar que
les mandamos faena para vacaciones. Ni tampoco que muchos, cuando dejan la
escuela por la tarde, llegan a casa con un fardo de deberes escolares
pendientes. De hecho, el descanso del menor no está regulado y puede suceder
que se sienta asediado por los deberes escolares y que dicha medida, solo haga
que aumentar su hastío. Una jornada de seis horas diarias debería ser
suficiente, especialmente hasta los menores de dieciséis años. Los profesores
que envían deberes a casa, voluntaria o involuntariamente, son cómplices del
hastío. Además es una clara muestra de que el docente no está cumpliendo con su
programa en las horas de clase. Una excepción serían los rezagados (NEE), empujados
a un mayor sacrificio, para quienes tienen sentido los deberes de refuerzo.
Como ya he resaltado, también pecamos de
exceso en los contenidos: análisis sintáctico, fonética, propiedades numéricas,
teoría del canto… Añadir que hay algunos
temas que, por falta de coordinación curricular, se duplican, triplican,
cuadriplican o incluso más, pululando por distintas asignaturas. Un ejemplo
nítido es la lección de las energías renovables, que puede repetirse hasta
siete veces en la ESO: ciencias sociales de 1º, 2º, 3º y 4º, Tecnología,
Ciencias Naturales, Física (sin olvidar las lecciones de primaria).
El pecado final, quizás el más grave, es el
de exceso de método. Parece que para enseñar sea imprescindible seguir por las
académicas sendas de la pedagogía,
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Al pie del Sinaí: la consagrada evaluación.
Los profesores llevamos a cabo dos
compromisos básicos: enseñar y evaluar. En el segundo observamos, estudiamos,
analizamos las aptitudes de los alumnos (mediante exámenes, trabajos….) y las
traducimos a un número en una escala del 1 al 10.
Discutir sobre si es necesaria la
evaluación o no en la educación, es una reflexión que va más allá de este
ensayo e implica visiones rayanas en la ciencia ficción. Para algunos
apologetas con tintes de progresismo renovador, el éxito de la docencia no
depende de la existencia de exámenes o trabajos. Pero cuestionar las pruebas,
supondría poner en pie de guerra a toda una sociedad adicta a la titulitis.
Acceder al conocimiento ya no es ningún
privilegio. Internet responde a todas o casi todas las preguntas que puedan
estar relacionadas con los contenidos educativos (al margen quedan cuestiones
ontológicas como ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?...). El profesor ya no es
el poseedor que transmite, sino el experto que selecciona y explica. Sin
embargo, conserva intacta la función evaluativa, que con los cambios ha cobrado
más significación.
Difícil será que un docente pueda llevar a
cabo una evaluación de forma competente si no cree en ella. Preguntas como
¿para qué sirven los exámenes? tienen más relación con visiones
existencialistas que utilitaristas. Sólo si conocemos para qué vivimos,
sabremos para qué evaluamos.
Dejando al lado las disquisiciones
filosóficas de bolsillo, de lo que no voy a dudar es que una evaluación rigurosa,
objetiva, justa, profunda y amplia es la mejor garantía de calidad en la
educación.
Y es
aquí donde quiero detenerme en aspectos más mundanos: el del exceso de pruebas
teóricas, las evaluaciones parcas, las opacas, las difusas y finalmente
aquéllas distorsionadas por otros factores, especialmente los personales.
Fotocopias y membrete
Las nuevas tecnologías, ¿han supuesto un
cambio importante en los métodos de evaluación? De los exámenes escritos a mano
hemos pasado a los impresos fotocopiados con el membrete oficial del centro.
Evidentemente esto no implica ningún cambio en el método. La forma de evaluar
es, más o menos la misma. En la mayoría de los exámenes que afrontan los
alumnos en la actualidad, el azar y la memoria fotográfica son factores
decisivos, frente a la comprensión y a la competencia.
La ruleta
De sobras es conocido el discurso de que los
profesores, al elaborar los exámenes, debemos evitar que factores como la
memoria fotográfica o el azar sean decisivos. Las pruebas con una o dos
preguntas, o que éstas se concentran en una lección, dejando las demás sin
evaluar, fomentan el efecto ruleta: el que lo ha apostado todo a un tema puede
salir ganando o perdiéndolo todo. Todos los contenidos básicos deben ser
evaluados.
Teoría y memoria.
Ya me he referido en varias ocasiones a la
desmesurada vocación docente de teorizar contenidos. Cualquier ciudadano que no
sea futuro profesor, es incapaz de articular definiciones teóricas por su
cuenta. Preguntas del estilo ¿qué es una sílaba?, ¿qué es el enunciado?, ¿qué
es un reptil?, ¿qué es la propiedad conmutativa?, siguen proliferando en los
exámenes, y el único camino que tienen los alumnos de responderlas es
aprendiendo las respuestas de memoria. Como ya dije, hay un abismo entre la
comprensión de lo que es un reptil, una sílaba, un pentagrama y la capacidad de
formular una definición teórica y académica.
La memoria es una facultad mental básica.
Hay muchos contenidos prácticos en los que ésta se puede fomentar: letras del
alfabeto, huesos del cuerpo, países del mundo, las preposiciones, tablas de
multiplicar y otras fórmulas, partes de una flor, clasificación de los
animales, normas de acentuación…
Una cuestión de esfuerzo
La dedicación del profesor en la selección
de los criterios de evaluación y, en aspectos como la confección del examen es
uno de los pilares de una evaluación justa y rigurosa Algunos docentes se
inclinan por hacer pocos exámenes durante el período escolar, con escasas preguntas,
la mayoría de índole teórica. Con ello reducen significativamente el esfuerzo
de preparar las pruebas y de corregirlas; a cambio de potenciar factores como
el azar o la memoria fotográfica. Cuando las evaluaciones no son profundas, ni
rigurosas, ni justas, cunde el desánimo y la sensación de injusticia entre los
alumnos.
Evaluación completa y transparente
A la hora de evaluar, no se tienen en cuenta
sólo los exámenes, sino los trabajos, los ejercicios y la conducta. La nota
final viene a ser una combinación matemática de todos los criterios anteriores.
Hay profesores que mantienen en privado la fórmula o combinación aritmética,
para así reservarse un margen de arbitrariedad. En una sociedad que aspira a la
transparencia como uno de los valores del futuro, ningún método público puede
estar en penumbra, ni tan siquiera la evaluación de un profesor: exámenes,
procedimientos, criterios numéricos… deben estar a la vista de alumnos, padres
y de cualquiera que pretenda husmear en el funcionamiento de un centro escolar.
La transparencia es un esfuerzo de todos, pero especialmente de los que
trabajamos en el sector público.
Encargar trabajos que consistan en la mera
recopilación de conocimiento ya no tiene sentido, porque internet es una fuente
inagotable de información. Los docentes debemos adaptarnos y exigirles tareas que
obliguen a un tratamiento original y práctico de los contenidos. Hay tan poca
autocrítica en el mundo docente, que culpamos a los alumnos de plagiar los
contenidos en la red, cuando los equivocados somos nosotros por promover este
tipo de acciones con trabajos poco estimulantes.
The big brother
Evaluaciones rigurosas no implica que el
alumno se sienta continuamente examinado. Hay que separar con claridad los
espacios de evaluación de los de aprendizaje, de lo contrario volveremos a
adulterar y empañar la educación.
Evaluaciones difusas
Desde hace unos años, los pedagogos vienen
potenciando lo que yo llamo evaluaciones difusas, exámenes de índole práctica
centrados en potenciar las competencias básicas… Podrían considerarse un avance
en el proceso evaluativo, es decir, una mejora. Sin embargo, hay otros detalles
que han hecho empeorar el proceso de las evaluaciones, como es el de centrarse
arbitrariamente en unos contenidos, obviando otros. Además, este tipo de
exámenes son tan difusos, que los alumnos pierden cualquier tipo de seguridad
en el estudio, no saben lo que tienen que estudiar porque los contenidos son
imprecisos.
Preguntas claras
Un alumno puede equivocarse porque no
comprende los contenidos, pero nunca porque la pregunta está mal formulada, o porque
tiene un significado incierto. Los contenidos a evaluar pueden ser complejos,
pero no las preguntas.
Circunstancias personales.
¿Deben tenerse en cuenta las circunstancias
personales en la evaluación de un alumno? La pobreza, la familia
desestructurada, los abusos, la violencia contra el menor, ¿deben suponer una
puntuación más alta o un criterio más flexible? Hay docentes que no tienen reparo
en mezclar desgracias con notas, como si estas sirviesen para compensar. Una
titulación se define por la posesión de unos conocimientos, no por haber
atravesado un cúmulo de circunstancias adversas. Las situaciones personales
pueden justificar ausencias, tolerar conductas, atrasar evaluaciones, pero no
deben implicar cambios aritméticos en la nota. Sin embargo, hay docentes que
aún creen lo contrario.
Cuando un menor se enfrenta a una situación
complicada (desahucio, separación de los padres, violencia o abusos…), se pone
a prueba su base moral. De las crisis surge lo mejor y lo peor de cada uno de
nosotros, agudizándose durante la inmadurez. Las circunstancias adversas
influyen en el carácter y la conducta, pero no la dirigen. Hay que valorar
mucho más la decisión que tomemos frente a los acontecimientos, que no tanto las
circunstancias que nos envuelven. Menospreciamos tanto la voluntad, que las decisiones
de ser bueno, de ser malo, de respetar, de dañar, apenas tienen valor.
La sociedad debe de articular cuantos
recursos sean necesarios para que los menores no sufran injusticias sociales y
tengan la oportunidad de recibir la educación adecuada: libros gratuitos, vivienda
digna, alimentación equilibrada, sanidad universal… Los asistentes sociales
deben evitar que haya menores desamparados. Todos los desajustes sociales hay
que resolverlas fuera del centro
escolar. Una vez cruzada la verja los conflictos se esfuman y las diferencias
no tienen cabida.
¿Quiénes deben triunfar en el sistema
educativo? Por supuesto aquellos alumnos trabajadores, metódicos, disciplinados,
inteligentes, pero también los que demuestren habilidades en cualquier faceta.
2. Conclusiones.
Cuando me dispuse a afrontar este ensayo
académico, ignoraba cuán lejos me conducirían mis reflexiones. Empecé buceando
con unas ideas superficiales y, sumergiéndome con el simple equipaje de mis
experiencias, he regresado con mis convicciones fortalecidas.
Los cambios que debe afrontar la educación
son múltiples, empezando por su destinatario más importante, el alumno. Arrastramos
un desfase socio-cultural en la perspectiva del menor, que se ha enquistado
formando jóvenes apáticos, esquivos a las exigencias sociales, adictos a un
falso bienestar materialista. Tantas lecciones académicas conculcadas, tanta
obsesión sobreprotectora, les han alienado de las fundamentales lecciones de la
existencia: conocerse a uno mismo, adquirir responsabilidades, que las acciones
conllevan unas consecuencias, que todo objetivo requiere un sacrificio y, por
encima de todo, dirigir su propia existencia. Simultáneamente, hay que
reconocer algunas de sus aspiraciones, concederles más autonomía, que su tiempo
libre esté tan reconocido como el de los adultos, que las tareas escolares no
se inmiscuyan en el ámbito del hogar…
El profesor seguirá siendo la pieza clave
de toda reforma o revolución. Necesitará mejorar su status, sus condiciones
profesionales, pero a cambio deberá estar a la altura de lo que se le exige. Necesitamos
profesionales que crean en la educación, abiertos en sus planteamientos,
versátiles en su función. Elevar el nivel de exigencias para ser profesor de
primaria y exigir a los de secundaria que abarquen distintos contenidos
educativos. No podemos permitirnos el lujo de adaptar las asignaturas de un
curso para dar horas de trabajo a un profesor de francés, sino que deberá ser
el profesor de francés el que, si le faltan horas de trabajo porque el francés
está de capa caída, impartirá otras asignaturas afines.
La ESO ha adquirido tantas connotaciones
nefastas, que su única aportación al bien común será la de desaparecer. Hay que
volver a adaptar la trayectoria educativa a la autonomía de los menores y no a
los requerimientos de una ley: una primaria de ocho años (hasta los catorce
años) para acceder a ciclos formativos o bachillerato de cuatro años. Nada impide
que la educación siga siendo universal hasta los 16 años.
Los ciclos formativos deberían
estructurarse en tres o cuatro cursos, siendo interdisciplinarios, flexibles y
organizados desde la cogestión pública y privada. Una trayectoria bipartita: dos
años de bloque profesional común (ejemplo: administración, mecánica,
electrónica, artesanía), que engloben a alumnos de especialidades similares; y
otros dos de especialidad (mecánica de automóviles, carpintería…). Hay que
tener en cuenta la conveniencia del período de prácticas. Sin olvidar que, durante
los dos primeros cursos se mantendrán algunas asignaturas del currículum
general (lenguas, ciencias sociales, naturales, matemáticas).
Hay que cribar el conocimiento que se imparte
en la educación. Una cosa es tratar la información como una mera herramienta
profesional, y otra es impartir lecciones que no reporten ningún
enriquecimiento personal.
¿Revolución educativa?
¿Reforma o revolución? Cuando el sistema
político se repliega sobre sí mismo, encerrándose como un armadillo, las
reformas son meras excusas para mantener el statu quo. Es entonces cuando el
cambio sólo se puede conseguir por medios más drásticos: revolución. La
diferencia entre ambos es fundamental: las reformas no implican cambios en el
agente que las diseña y aplica (el poder político), mientras que las
revoluciones suponen una verdadera deposición en el vértice del poder.
Una revolución es, ante todo, un cambio
institucional. Todas las revoluciones políticas han implicado, por un lado,
relevos en los gobernantes y, por otro, transformaciones en la forma de
gobernar. Cuando el Estado (si se mantiene como tal) lo dirija una nueva
entidad política, aún imaginaria, estaremos en posición de llegar a la médula,
transformando hasta los conceptos: centros escolares, función pública,
metodología…
Ignoro si estamos lejos o cerca de la
revolución, aunque no dudo de que será inevitable, porque el sistema político
actual ya no puede cambiar por sí mismo. Mientras no nos empujen los aires
revolucionarios, deberemos conformarnos con reformas que no sean simples operaciones
de maquillaje.
¿Cómo? En primer lugar, estableciendo un
nuevo marco legal (leyes del menor y de la educación). Después, renovando programas
educativos desde una perspectiva docente y no pedagógica: ofreciendo a los
profesores métodos y contenidos más prácticos (enseñar a hacer exámenes, a
evaluar, a explicar las clases).
Sin
embargo, el avance más importante en la dirección del cambio, le corresponde a
la sociedad. No olvidemos que el problema educativo es, ante todo, una cuestión social.
Cuestión
social recuerda a las fórmulas ambiguas con las que los pedagogos zanjan
los asuntos espinosos, sin ofrecer soluciones.
Cuestión social porque en los tentáculos de
la educación alcanzan, además de los centros escolares, a las familias, a los
roles sociales, a los medios de comunicación. Pero, ante todo, cuestión social
porque la educación es parte y pilar de la sociedad.
Finlandia y Corea encabezaron el ranking
PISA del 2013. Al margen de la estúpida
pretensión de desglosar la vida en estadísticas, hay que rendirse a la
evidencia de que, tras los cálculos aritméticos, pueden encerrarse algunas
evidencias que no son aritméticas. Esto es un ensayo académico, no un tratado
científico que deba argumentarse con discursos numéricos; pero en esta ocasión
aprovecharé los porcentajes del PISA para refrendar mis opiniones.
Corea y Finlandia, los vencedores de la
educación (a tenor de los números), responden a dos modelos socio-culturales: el
oriental y el nórdico. La clave del “éxito” de sus sistemas educativos no
radica en las leyes ni en los programas educativos en sí, sino en la intensidad
de lo social.
El modelo oriental está imbuido por rasgos
como el mérito y el sacrificio. Hay que desconfiar de los tópicos, pero en
general los estudiantes coreanos, chinos, japoneses están más dispuestos a
esforzarse en el estudio y dicho esfuerzo se traduce en mayor rendimiento. Un
sacrificio hasta cierto punto irreflexivo, alienado, dirigido por otros, porque
no parece ir acompañado de una mejora en el bienestar común. Las sociedades
orientales funcionan como inmensos termiteros, en las que se reduce el margen
individual, aplastado por las exigencias sociales. A juicio de un occidental,
son poco egocéntricos y egoístas. Su escaso margen crítico no estimula la iniciativa
individual. De dichas sociedades surgen técnicos y profesionales muy
cualificados, pero un número reducido de creadores.
En nuestra sociedad pasa exactamente lo
contrario. Lo individual aplasta a lo social. Se antepone el beneficio propio o
el de la familia., frente al bien común Nadie cree o quiere creer en que sus acciones
profesionales puedan estar, en parte, orientadas por el compromiso con los
demás. La carencia de perspectiva comunal conlleva que la creatividad y el
trabajo se pongan al servicio exclusivo del beneficio particular. Sociedades en
que los cerebros más privilegiados son destinados a elucubrar en cualquier
proyecto que implique un beneficio material y particular.
Quizás el modelo nórdico sea el ejemplo que
más se acerca al anhelado equilibrio entre lo social y lo individual. Hay que
matizar todo lo que se enaltecer el ideal escandinavo, porque apenas hay
estudios rigurosos sobre dichas sociedades, porque los tópicos son engañosos y
porque el capitalismo neoliberal también está arraigado. El espíritu social
escandinavo combina individualidad y compromiso social. Su altruismo no surge
como una imposición cultural irreflexiva al estilo chino, sino como fruto de
una convicción personal.
La educación es una de las piezas claves de
la sociedad, un bien común de todos los ciudadanos. Un valor aquilatado que
refulge gracias al compromiso y al sentido crítico de sus poseedores. Educar es
un progreso individual y social. Nadie está al margen.
¿Podemos mejorar nuestra cultura social de la
educación? ¿Podemos transformarnos en ciudadanos comprometidos al estilo
nórdico? Cuando se trata de cambios de conciencia, no hay que llevar a cabo
obras públicas, ni ambiciosos proyectos legislativos. La cuestión es conocer
cuál es el problema y su magnitud. A esto le llamamos concienciación. La sociedad española se enfrentó a la violencia
doméstica llevando a cabo un programa que incluía campañas publicitarias y
modificaciones penales. Es decir, sacó el problema a la calle y lo señaló con
el dedo. El compromiso social se obtiene sacudiendo las almas, no empujando los
cuerpos. Sin embargo, ¿quién puede tener la talla ética para decirnos que
tenemos que cambiar nuestra percepción y conducta hacia la educación? Los
políticos desde luego que no. Un mensaje no tiene valor si su emisor es un
impostor.
Los problemas colectivos no se resuelven
desde la óptica del beneficio individual; estamos más unidos que nunca, en un
vínculo tan intenso como invisible, en el que se solapan medio ambiente,
información, recursos energéticos, poder, sentimientos... La perturbada ceguera
del presente esconde como la globalización ha puesto patas arriba el patrón de relaciones.
Han germinado lazos y se han esfumado las distancias. El valor más aquilatado
del ciudadano es la conciencia individual y social. Una conciencia que le
aparte de la mano invisible del poder, y que le guíe por los senderos de la
voluntad prístina.
¿Seremos capaces de aceptar que el ejercicio
de una profesión (desde la de maestro a la de basurero) implica un compromiso y
una responsabilidad con los demás? ¿Qué cada una de nuestras acciones beneficia
o perjudica a una colectividad de la que formamos parte y a la que nos debemos?
¿Qué en dicha colectividad, a la que llamamos sociedad, subyace nuestra
supervivencia individual como seres dotados de voluntad y espíritu?
Conscientes de nuestra dimensión
comunitaria, de que el interés social no se circunscribe al ámbito familiar o
doméstico, el siguiente y último peldaño será adquirir la convicción de que la
educación es nuestra mejor inversión: la factoría que moldea a quienes, en un
futuro, investigarán tecnologías, crearán arte, afrontarán el riesgo de una
empresa, votarán a buenos o malos gobernantes, serán trabajadores cualificados
o no… Los economistas, tan aferrados a sus porcentajes de crecimiento, a los
flujos de capital, a la productividad y
rentabilidad, omiten que el factor más valioso y más decisivo en las gráficas
macroeconómicas, somos nosotros. ¿Quién marca el destino de la nave sino el que
la pilota?
Los resultados de la educación no pueden
medirse con cifras. Quizás los exámenes puedan otorgar títulos, pero no
muestran el camino a seguir. ¿Qué dice más de nosotros, un espejo o un número,
la forma en que afrontamos los conflictos diarios o tres folios escritos de una
prueba? No hay examen más lúcido y severo que la crítica. ¿Somos ciudadanos con
criterio propio o nos limitamos a repetir lo que los demás nos dicen?, ¿somos
vecinos solidarios y respetuosos con el entorno?, ¿nos preocupamos de ser
competentes, responsables y versátiles en nuestras faenas?, ¿emprendedores
creativos?, ¿genios dispuestos a trabajar para el bien común?
Una sociedad bien formada es capaz de
afrontar mejor los grandes retos del futuro, cada vez más complejos, que exigen
miembros mejor preparados.
No hay mayor emoción que podamos sentir los
humanos que la de descubrir.
Miquel Casals Roma
quelocasals@yahoo.es
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