viernes, 30 de mayo de 2014

 

Mitos de la educación

Miquel Casals Roma
quelocasals@yahoo.es


0.    Introducción.

    Reformar la educación. El clamor social es casi unánime mientras los políticos, a bombo y platillo, anuncian un cambio tras otro: LOGSE, LOACE, LEC, LOMCE… En siete leyes estatales desde que empezó la democracia, podemos resumir la acción de gobiernos de distinto color. Da la impresión de que la enseñanza es un sector en perpetua renovación, lo cual es radicalmente falso. La educación lleva décadas sin renovarse, porque sólo se está removiendo la fachada. Las transformaciones no han alcanzado la médula, es decir, las aulas, que conforman un paisaje alicaído y demacrado, centro de métodos educativos rudimentarios lastrados por contenidos teóricos de dudosa utilidad.
   Hay dos espacios en el sistema educativo. El primero, referido a la organización de los centros escolares, a la estructura de los cursos, al currículum educativo, a la burocracia, a la composición de los órganos, que se recicla de forma continua, como el manar del agua de un río que se renueva constantemente. Pero hay otro, fundamental, que está empantanado y erosionado. Sin que los ciudadanos (pedagogos y políticos inclusive) lo hayamos advertido, se ha producido una perversa dicotomía: la educación exige cambios allí donde nunca se han hecho, y estabilidad donde siempre se está cambiando. Tenemos gobernantes cortos de miras, que sólo prestan atención a algunos aspectos de la educación, insistiendo machaconamente en replantear las asignaturas del currículum (sobretodo ciudadanía y religión), la estructura de la ESO, la organización de los centros escolares; al mismo tiempo que olvidan, abandonan de forma flagrante asuntos como la metodología del profesorado, el régimen de responsabilidades de los menores… La célula básica del sistema educativo, la clase, permanece como siempre, imperturbable. Las aulas son espacios herméticos, aislados, donde nadie más que el profesor y sus alumnos conocen lo que sucede en su interior.

1.    Los males de la educación.
   
    Se habla mucho de la educación, pero se reflexiona muy poco acerca de ella. La mayoría de ciudadanos se limita a resaltar el bajo nivel de los contenidos que se imparten en las escuelas, el poco respecto a los profesores, la abulia de muchos alumnos… Las reflexiones se detienen en las consecuencias y apenas se plantea como abordarlas. Para superar este empantanamiento, tenemos que cambiar las perspectivas, proponer otros puntos de vista, ofrecer nuevos planteamientos que desvistan algunos mitos. No se cambiará nada si no rompemos con visiones clásicas enquistadas en nuestro acervo cultural. Con dicho propósito empieza este ensayo académico, estructurado en tres partes: agentes, ESO y método.

                                   Agentes educativos

-      ¡¡¡Protejamos al menor!!!: de la calle a la burbuja
   El primer mito a romper lo encontramos en el pilar que se sustenta todo el edificio educativo: el alumno.
    La Constitución y las leyes distinguen dos tipos de personas: los mayores y los menores, estos últimos son considerados débiles, idiotas e irresponsables y, por lo tanto, incapaces de dirigir su existencia. A los dieciocho se produce el “gran salto”, al pasar de escasos compromisos sociales a asumirlos todos, de sopetón. Evidentemente, esto es incongruente con el propio sentido del crecimiento. La educación es lenta, progresiva: empieza en el seno materno y se desarrolla durante toda la vida, incluyendo la vejez.
    Para las leyes españolas, un menor de edad es rematadamente idiota, y por lo tanto es incapaz de distinguir lo que está bien de lo que está mal, lo que le conviene de lo que no le conviene, lo que tiene que hacer de lo que no tiene que hacer. Y para colmo de males, además de irresponsable es frágil y, ante todo debe ser protegido como un jarrón ming entre cristales blindados.
   Un menor es un proyecto de hombre. Al principio débil, incapaz de llevar a cabo sus funciones vitales más elementales. El crecimiento es progresivo. En paralelo al avance de sus capacidades y conocimiento de la realidad, deberían hacerlo sus responsabilidades y derechos, para así dirigir su existencia hacia el destino proyectado, acompañado por  padres y educadores. No hay que arrebatarle el timón de su vida. Lo contrario supondría confusión, abulia existencial, angustia, inseguridad… Necesitan guías, no pilotos. Cada uno recorre su camino. Los adultos necesitamos poca ayuda, los menores más.
    La legislación española de protección del menor es fruto de una época peculiar, vinculada con el fin del franquismo y los efectos del 68. Este período histórico, cándido, ya está superado. Hemos pasado de una sociedad de familias numerosas y analfabetas, de niños que vivían en la calle, a una situación inversa, a agrupaciones nucleares de hijos únicos cubiertos por una burbuja que, más que proteger, ha dañado la propia esencia del menor. Ahora deberíamos de madurar, lo que en términos filosóficos equivaldría con la síntesis hegeliana. La burbuja inmobiliaria ya estalló hace unos años, ahora hay que romper con la que envuelve a los menores, de lo contrario la sociedad no dispondrá de sus mejores bazas para afrontar los retos del futuro. Porque esta burbuja, supuestamente protectora, es al mismo tiempo un anestésico que adormece a los emprendedores. En la propia sangre de un joven debería fluir el afán por lanzarse a los retos de la vida. Ellos quieren cambiar las cosas y su ilusión es el valor más aquilatado de una sociedad.
   Si un chaval de quince, doce, incluso diez años, comete un crimen, el código penal considera que no es culpable, porque ignora la naturaleza del acto. Esta o cualquier otra consideración que niegue el conocimiento de un menor, son falsas. Incluso un niño de cinco años, en muchos casos, sabe cribar las acciones perjudiciales de las que no lo son. No tenemos que regresar al otro extremo y meterlos directamente en la cárcel. Un menor tiene más derecho a equivocarse que un adulto, tanto porque tiene limitadas las experiencias, porque aún no ha completado su personalidad o porque su naturaleza es impulsiva. Pero esto no implica total impunidad.
     La sobreprotección ha convertido a algunos de nuestros menores en adictos a las prestaciones, poco dispuestos a aceptar sacrificios y alejados de las exigencias de la vida. Poco conectados al mundo real. Y, al mismo tiempo, infelices. Porque la felicidad tiene un vínculo indisoluble con la naturaleza de cada uno, y un proyecto de hombre incapaz de guiar su vida, sólo puede sentirse frustrado. Un joven es el miembro de la sociedad con más fuerza y ambición. Debería canalizar sus energías en una voluntad de emprender, de lanzarse a los retos sociales, aunque suponga atravesar ciertas penurias (vivir en pisos compartidos, comer y vestir barato…). Para labrarse su propia vida, erigirse en lo que los norteamericanos denominan self made man, hay que empezar desde cero, sin más propiedad que las manos y los brazos.
   La enseñanza más profunda de la vida que todos podemos recibir, desde luego que no se encuentra en ese espacio cerrado de unos pocos metros cuadrados, que llamamos aula. Cuando las personas perdemos el soporte paternal que nos ha protegido, pasamos a ser el patrón de nuestro propio barco para dirigirlo allí donde queramos, con permiso de la sociedad y la naturaleza.
  Tratando de mejorar la calidad de vida de nuestros hijos, estamos empeorando lo peor, su sentido. El niño acaba distanciándose de la realidad social, porque sus padres se encargan de afrontarla por él. Este mantenimiento tenaz y erróneo de un entorno acomodado para ellos es un grave error que cometemos los padres. ¿Pueden comprenderse los valores de la existencia en un mundo sin decisiones, sin sacrificios, sin responsabilidades? La felicidad va ínsita en el discurrir del proyecto de una vida de cada uno. De lo contrario aparecen, como setas en un otoño lluvioso, jóvenes perdidos, amargados, dependientes, anestesiados, que huyen del entorno social para refugiarse en mundos virtuales.
  Al privarles de sus responsabilidades y deberes, también les hemos arrebatado la consideración que se merecen. Los tratamos como si fueran de otro mundo, un mundo de cartón cuyos asuntos no merecen respeto. Quiero citar tres ejemplos, cotidianos en las escuelas, que revelan un trato irrespetuoso hacia los intereses de los menores y un agravio comparativo en relación con los adultos.
   En primer lugar, las privaciones de patio. Hay directivos y profesores que no tienen reparo en castigar a los alumnos sin su recreo, ¿a qué empresario se le ocurriría privar a sus trabajadores de sus veinte minutos reglamentarios?, ¿qué diferencia hay entre el descanso de uno y otro?, ¿es más necesario el receso de un adulto que el de un niño?
  En segundo lugar, los deberes en casa. No hay ningún control respecto a este asunto. Hay menores que se sientan acosados desde que se levantan hasta que se van a la cama, hagan o no hagan los ejercicios. Todos los trabajadores necesitamos desconectar de nuestras faenas. Por esto existen las tardes libres (o no), los fines de semana, las vacaciones.
   Finalmente, quiero llamar la atención sobre un minúsculo detalle, revelador del poco aprecio que se tiene hacia los intereses propios del menor: el timbre de cambio de hora o de inicio del patio. Hay profesores que, una vez ha sonado continúan la explicación prolongándola unos minutos más. Puede suceder que marche un profesor y automáticamente entre otro, sin que los alumnos puedan gozar de un breve receso entre clase y clase. Un maestro pretendidamente sagaz, alegará que se trata de una minucia, que detener y frustrar su explicación supondría dar prioridad al timbre, como sinónimo del orden, frente a la educación que él encarna. A mi juicio se trata de una burda excusa. En primer lugar, porque el profesor es el primer responsable de planificar las clases y el tiempo. Y porque tan o más importante que la explicación, es el descanso.
   Si lo que más le preocupa a un hijo, ante unas malas notas, es la airada reacción de los padres, o las medidas que ello acarreará, el barco ya va a la deriva. Le habrán manipulado tantas veces el timón, que ha renunciado a conducirlo por su cuenta. La juventud puede ser el más gratificante de los episodios de la vida. Muchos creen, erróneamente, que para disfrutarla hay que vivirla en franca alienación social, es decir, huyendo de cualquier tipo de compromiso o vínculo. No tenemos que atar a los jóvenes, ni darles más de lo que merecen. La libertad, entendida como el hacer lo que uno quiera y pueda, cuesta un precio y todos debemos pagarlo. 
   De la misma forma que en algunos asuntos hay un exceso de sensibilidad hacia los menores, en otros pasa todo lo contrario. Hemos agigantado la protección al menor y, al mismo tiempo, empequeñecido su voluntad. Vemos traumas en todas partes, analizamos las circunstancias que le envuelven, y lo último que se nos pasa por la cabeza es preguntarle a él que le está sucediendo y qué quiere hacer. Observamos con tenacidad microscópica el ambiente que le envuelve, y ni tan siquiera reparamos en quién está en el medio del meollo. En una sociedad que da prioridad a las circunstancias, hemos enterrado la voluntad. Decidir ya no tiene valor, porque lo que importa es el marco que nos influye.
-           La reina del tablero: el profesor.
    Antes de que soplara la ráfaga revolucionaria de 1968, los trabajos de mayor responsabilidad social funcionaban como roles obsoletos, rígidos y estatutarios. Hoy en día hemos ido al otro extremo: la docencia es una profesión, una forma de ganarse la vida. Policías, médicos, abogados, periodistas, militares, conciben sus tareas como faenas que conllevan unos deberes (cumplir el horario, asistir a reuniones, realizar guardias…) y unos derechos (retribución, vacaciones…). Más allá de la perspectiva individual, un patético erial donde no echa raíces el compromiso social.
    ¡Que se abra el telón!
    En una sociedad que ha borrado del mapa las nociones de disciplina, el oficio de profesor se ha ido acercando al de un actor de tragicomedia que despliega sus dotes en el impío escenario de las aulas: hay que mantener a la muchedumbre a raya, sin más herramienta que una bien llevada capacidad teatral de persuasión. También hay que contar con la potencia de la voz. Hay profesores que pueden proferir del orden de veinte a cincuenta advertencias en una sola hora de clase, frente a unos alumnos que han aprendido a rozar los límites de lo correcto.
    Mantener a los alumnos a raya implica un fabuloso desgaste físico. Pero también socava el propio rol de profesor, degradándolo al de domador de fieras (con todo el respeto a los profesionales circenses). Las mejores herramientas de supervivencia en el sistema educativo no son la sabiduría, ni el afán de progreso, ni el compromiso social, sino estar dotado de una voz autoritaria, de cierta imperturbabilidad estoica y de un sobrecogedor repertorio expresivo. 
    Si en los tiempos de la disciplina y el respecto, la distancia entre el profesor y los alumnos era gigantesca, ahora la cercanía es tal, que muchos docentes se hacen cómplices, quieran o no quieran, de los intrincados problemas juveniles. No sólo se trata de lidiar con ellos cada minuto de la clase sino también de, cuál burros de carga, acarrear con los conflictos familiares, los problemas de la pubertad, los desequilibrios emotivos…
   ¡La zanahoria para el burro!
  Maestros y profesores son funcionarios. Los que pertenecen al sistema privado, tienen unas condiciones laborales idénticas o similares. En España, el aliciente que tienen los empleados públicos para ganar más dinero son los complementos de antigüedad. Es decir, que a medida que pasa el tiempo, aumenta el sueldo. Un funcionario que presta su servicio con la mayor competencia y esmero, puede ganar menos que uno que se dedica a escatimar tiempo y que destina todas sus inquietudes a obtener y agrandar sus privilegios individuales. En el sistema educativo español la antigüedad no es un grado, sino todos. El profesor más antiguo suele acaparar las ventajas: cobra más, tiene menos alumnos por clase, tiene a los mejores alumnos, imparte las asignaturas más instructivas, trabaja más cerca de casa, recibe los horarios más cómodos… En muchos centros escolares hay un reparto de prebendas, tolerado e incentivado por las directivas, y silenciado por la Inspección, donde los recién llegados o los menos veteranos, quedan al margen, lo cual implica recibir las peores condiciones.   
    El librillo del maestrillo
   Cada maestrillo tiene su librillo. Por supuesto. No se trata de resquebrajar la libertad pedagógica. Sin embargo, la frase podía completarse: cada maestrillo tiene su librillo y lo pone a disposición de la sociedad. La metodología y sistema de evaluación de cada profesor es opaco. Exigimos transparencia a los políticos, pero nosotros permanecemos en la penumbra. La metodología no un asunto privado entre los alumnos y el profesor. El docente despliega un servicio público para el bien de la sociedad. No podemos exigir a los ciudadanos que confíen ciegamente en nuestros métodos.
    La transparencia debería ser un valor imprescindible para las sociedades del siglo XXI. Transparencia es barrer la penumbra que permita a los cargos públicos actuar sin rendir cuentas, desde el presidente del gobierno al profesor de una escuela. La opacidad no distingue a los que ejercen su cargo público con sentido del compromiso de los que evaden sus responsabilidades. Hay profesores en ambos extremos y una amplia mayoría sumida en el medio. No podemos colocar al profesor vago y al comprometido dentro del mismo cajón. Cada profesor debe salir a la palestra social, exponiendo méritos y vergüenzas.
   Respeto, ¿para qué?
   El respeto se ha convertido en una fórmula anticuada, retrógrada, reaccionaria, contra-revolucionaria, indisolublemente ligada a la autoridad, a la jerarquía, a la sumisión. Fue uno, o quizás el mayor, de los bastiones a demoler en el 68. Con ánimo de desvanecer el tejido conservador social, basado en categorías jerárquicas, en clases sociales, hemos puesto en tela de juicio valores como la disciplina y el respeto.
    Pero el respeto no es sólo una pieza moral del Antiguo Régimen (entendiendo las pervivencias culturales más allá de la II Guerra mundial). El respeto ha formado parte de las sociedades humanas, empezando por las más arcaicas. Su significado genuino implica un reconocimiento social y no supone discriminación de ningún tipo. Respetar a un anciano es gratificar a alguien que está recorriendo el tramo final, escribiendo las últimas páginas de su libro, reconocer el valor de sus aportaciones. Respetar a nuestros padres, a nuestros profesores, en el fondo no es nada más que inclinarse suave pero firmemente ante los pilares básicos de nuestra sociedad.
    Disciplina y corrección.
    La disciplina ha sido aniquilada como valor social. En la actualidad, la concebimos como un mal necesario, y la tratamos como un producto de las leyes, negándole su condición de bien cultural. En las revueltas estudiantiles del 68 la disciplina fue expulsada del nuevo código moral, ya que durante siglos había sido una herramienta del poder para dominar a los ciudadanos.
   La disciplina tiene distintos significados, yo quiero referirme a unas reglas de conducta que hay que cumplir para seguir un método y conseguir un objetivo (ejemplo: levantarse a las siete, estudiar una hora al día, no hablar en clase…). La madurez vendría a significar la aceptación y comprensión voluntaria de unas normas que, hasta entonces, nos venían impuestas por nuestros padres o tutores. Es el salto de la subordinación a la autonomía. Una sociedad de individuos auto-disciplinados es una sociedad ideal. La madurez es admitir que la disciplina es necesaria, y que ya no necesitamos a nadie que nos lo recuerde.
    La disciplina impuesta a los menores, entendida como un camino hacia la auto-disciplina y no como una forma de sumisión, es necesaria. Hay que reactivarla con el propósito de mejorar nuestra condición de ciudadanos.
   Y sin olvidar que los menores deben responder de sus decisiones, aunque de forma distinta a los adultos, porque toda acción conlleva unas consecuencias. Como antes les enseñemos la lección, mejor preparados estarán para no equivocarse en la madurez, que es cuando se toman las decisiones más importantes.
-         Politicastros.
   Criticar a los políticos es fácil, lo hace todo el mundo. Receloso de mi autonomía, tiendo a nadar contracorriente, pero en este campo no voy a resistir la fuerza de estas aguas enaltecidas por la indignación: comparto con muchos ciudadanos la crítica feroz y despiadada hacia la clase dirigente.
   Los políticos no son nada más que peones incompetentes de un sistema en que los que realmente mandan son un par de partidos y las multinacionales. Hemos perdido al cargo público comprometido que trabaja para el bien común, ya sea porque los que mandan no tienen esta intención o, porque aunque la tengan, no pueden trabajar en esta dirección. Un político no actúa por criterio, ni convicción propia. Es un mandado, que ha sido adiestrado dentro de un partido político, seleccionado y dispuesto a cumplir con los dictados de su organización.
   Los partidos políticos mayoritarios quieren votos. Para conseguirlos, han ideado un sistema en el que el ciudadano, creyéndose libre para elegir, siempre acaba votando dos opciones, porque ignora que haya otras (silenciadas por los mass media) o porque los minoritarios no ganarán nunca. Somos como ratas que deambulamos por un circuito cerrado, pasando de una trampilla a otra, ignorando que estamos presas de él.
  Hace mucho tiempo que los políticos han decidido no abordar los verdaderos problemas de la educación. Se han limitado a constatar que la educación no funciona y a prometer cambios con continuas, rimbombantes e inútiles reformas: LOACE, LEC, LOMCE… Artificios legislativos que actúan como bombo y platillo, como una solución aparente a un tejido aparente.
   Un aumento de los recursos que destina el Estado sería beneficioso para la educación, pero no se trata de un simple problema de dinero. La cuestión de fondo es, sencillamente, que los que tienen que llevar a cabo el cambio no están dispuestos a ello. En 2008, llegada la crisis, se habló de ambiciosas reformas, pero a lo único que se han dedicado es a formular programas vacíos con apariencia de cambio: transparencia de los poderes públicos, legislación hipotecaria, LOMCE… 
  El gobierno, a través del Ministerio de Educación, dirige a los servicios de inspección. Los inspectores de educación, pagados por los ciudadanos, deberían trabajar para el progreso social, pero son peones que cumplen las misiones que les asignan los políticos, cuyo objetivo principal es mantener las cosas como están.
   Si hay funcionarios vagos e individualistas, la responsabilidad lo es tanto de los funcionarios que deciden adoptar esta conducta, como de sus superiores que la toleran. Los políticos han actuado con benignidad frente a los irresponsables como un medio de autoprotección: yo no me meto contigo si tú no lo haces conmigo. De esta manera se consigue blindar los flujos de responsabilidad y mantener un corporativismo de los empleados del sector público, frente a los ciudadanos. Este corporativismo público ha alejado a la función pública de los ciudadanos: es un muro invisible, pero sólido e infranqueable que desvía al estado de su verdadero sentido: el bien común, para canalizarlo hacia los intereses de la clase política y de las élites económicas.
                 
                                La ESO

-       Un escenario de cartón piedra: la ESO.
    Tan degradada como la condición de profesor, es la propia ESO. Hoy en día estas siglas tienen connotaciones grises, vinculadas con el fracaso escolar, con el bajo nivel educativo. La ESO está por los suelos. Entre círculos de profesores, es casi unánime la opinión de que la LOGSE ha fracasado.
    La ESO es un período escolar, una estructura, pero también una titulación. Es decir, un objetivo: la zanahoria que persiguen todos los alumnos durante, al menos, cuatro años, Pero, a juicio de muchos (incluyendo los empresarios), se trata de una zanahoria insípida. En la sociedad de la titulitis, donde un flojo currículum puede ser motivo de exclusión social, la ESO no es ninguna garantía.
    Para que una titulación tenga un valor aquilatado, debe de reunir dos requisitos: justicia y prestigio. La ESO carece de las dos. El prestigio lo ha perdido a medida que los profesores hemos rebajado la exigencia. Y la justica, desde que se han ideados vías más fáciles para acceder a la titulación, por ejemplo, con las pruebas blandas para los N.E.E. (alumnos con necesidades educativas especiales que presentan baja capacidad intelectual).
   Defiendo que los NEE tengan sus propios recursos metodológicos de aprendizaje, adaptados a sus necesidades. Pero una cosa es la enseñanza y otra la evaluación. A la hora de puntuar los resultados, todos los alumnos deberían ser medidos por el mismo rasero, de lo contrario la titulación se desvalora, deja de ser una garantía de que su titular posee las habilidades adecuadas.
  Una serie de factores, actuando conjuntamente, han degradado la educación: la falta de normas disciplinarias, una titulación falseada e inútil, la desmotivación de los docentes, convirtiendo los institutos en escenarios de cartón-piedra, que esconden una realidad sin consistencia. Hay muy poco de serio y mucho de tragicomedia en la práctica educativa de los centros docentes. Gestos, ademanes y expresiones teatrales de los profesores, métodos sin sustancia, evaluaciones de mentirijilla... Como más aparente sea algo, mayor será la distancia con la realidad. Como más aparente, menos profundo. Nos esforzamos en que las amenazas parezcan graves, en que las notas sean el símbolo del futuro, pero no hay nada de real en todo ello. Un instituto es un teatro en el que se representan obras insulsas y soporíferas, adornado con un escenario postizo de cartón sostenido por unos trémulos bastidores: los profesores. Nada tiene consistencia.
    Cuando alguien se esfuerza en mantener una apariencia, será porque pretende ocultarnos la verdad. ¿Qué verdad? Que no creemos en la educación. La cuestión de fondo es, simplemente, de valores, de fe.
   Los poderes públicos son los guionistas de esta tragicomedia llamada educación. Profesores y alumnos somos sus protagonistas, y padres los actores secundarios.
   Los poderes públicos deben conjugar estadísticas favorables (es decir, números) con una educación prestigiada y la única forma de unir ambas es con la apariencia: hacernos creer que la enseñanza es digna, dándole el rimbombante cartel de titulación para un futuro, pero al mismo tiempo llevando el interior de las aulas a límites inaceptables de permisividad.
   Limpiamos la fachada con notas hinchadas y estadísticas falseadas, pero como no se actúa en el interior, vamos acumulando la suciedad en el patio trasero. De esta forma hemos infectado todo el edificio, ni tan siquiera la fachada se libra de esta maloliente decadencia.
-       Cristo, Rousseau y Marx.
   La igualdad de oportunidades es un valor incuestionable de las sociedades democráticas. Sin embargo, como la doctrina ha recalcado, hay que matizar la expresión. No somos iguales, por lo tanto, los recursos deben ser distintos para cada uno. La educación debería ofrecer a cada uno las oportunidades adecuadas para sus aptitudes y capacidades personales.
   Hay alumnos con necesidades educativas especiales (NEE) que requieren más atención y unos medios específicos, lo cual implica un esfuerzo añadido para todos los agentes educativos. No hay nada que objetar a dichas medidas siempre que los que las reciban les correspondan con el mismo esfuerzo. Es natural entender que más recursos implican más sacrificio de quien los recibe.  
   En un aula con más de quince alumnos es difícil llevar a cabo una atención personalizada. Además, los profesores no estamos preparados para atender a los alumnos con necesidades especiales. Para corregir el déficit, los poderes públicos han incluido psicopedagogos y profesorado especializado (CREDA) en las plantillas de los centros escolares. Estos profesionales pueden ser decisivos a la hora de que un niño o joven pueda insertarse en la sociedad. Su responsabilidad es inmensa. Hay casos difíciles de encauzar, pero en otros, la intervención del psicopedagogo puede sacar del pozo del fracaso escolar al alumno. El caso de los disléxicos es el ejemplo más llamativo. Muchos de los psicopedagogos (no todos) no han asumido la magnitud de su tarea. No creen o no piensan que puedan ser una pieza clave en la vida de un niño y se dedican a eludir responsabilidades. Tienen un horario indefinido y esto lo aprovechan para escatimar todo el tiempo posible, en una muestra evidente de que anteponen sus intereses individuales a su responsabilidad social. Autonomía significa no rendir cuentas ante nadie y la aprovechan para eludir tareas. En lo que sí están dispuestos a hacer un gasto energético es en simular que están trabajando todo el día. Son una muestra clara de que los miembros de nuestra sociedad, la española y la catalana, no tenemos la suficiente talla ética y el nivel de compromiso social para trabajar por nuestra cuenta. Como en las sociedades culturalmente menos desarrolladas, aún necesitamos encuadrarnos dentro de un esquema jerárquico, con un poder superior y holgazán que se dedique a estar encima de nosotros, controlándonos para que no nos descarriemos. Somos unos irresponsables.
  Un NEE (disléxico, TDH…) es una patata caliente correteando por un centro escolar, que nadie quiere tener en sus manos. Su cuadro clínico pasa de padre a profesor, de profesor a tutor, de tutor a psicopedagogo, de psicopedagogo a asistente, de asistente a psicólogo o psiquiatra y así, sucesivamente, sin que nadie esté dispuesto a tomar las riendas.
   Esta ineficacia en la atención a los NEE, supone un perjuicio añadido a la educación escolar, porque su problemática (y la de los alumnos conflictivos) acapara el tiempo extra de los profesores. En las reuniones de evaluación, los alumnos ejemplares apenas son mencionados. Y los tutores tampoco les prestan atención, agobiados por los asuntos de los  problemáticos.  
   Sin embargo aún hay un caso más flagrante que el de los NEE, porque su situación es la de completo olvido. 
   La religión cristiana, Marx y la democracia tienen una cosa en común: la ética de la ayuda al desfavorecido, de la lucha por la igualdad. Hemos concebido la educación como un sistema para responder a las necesidades de alumnos de nivel bajo y nivel medio. Nos indignamos porque un centro escolar carezca de los recursos previstos para un NEE, pero nunca se nos ocurriría pensar en plantear la problemática de los que descuellan por arriba. Es como si, en analogía a la economía, procurásemos creer y favorecer una clase media (baja) educativa. Los profesores programamos los contenidos para que los entienda una mayoría. Nunca se nos ocurriría subir o bajar mucho el listón
   Pese a las disfunciones, los NEE gozan de un programa específico de atención y cierta mentalidad social de apoyo. Pero no hemos previsto nada para que un joven con facultades sobresalientes o mucha ambición, pueda ir más lejos.
    Aunque los contenidos educativos son laicos, la ESO tiene de mentalidad cristiana. Hemos conseguido que los futuros basureros lean novelas, pero en el camino hemos sacrificado al genio que descubrirá el motor eléctrico.
    La educación no es sólo un derecho individual. No hay que concebirla como un montante de recursos que hay que repartir equitativamente a la población. La educación es, en su origen y legitimación, una necesidad social y, como tal, hay que concebirla. En una sociedad donde el motor del desarrollo es la I+ D, donde la creatividad y la inteligencia humana suponen grandes avances, donde las calamidades ecológicas que nos aguardan en el futuro pueden esfumarse gracias a un ingenio individual, deberían conceder recursos específicos para los jóvenes que sobresalgan. No en su dimensión de justicia (oportunidades para todos), sino de progreso.
    Son los verdaderos frustrados, los sacrificados por el sistema.
   Cuando el Estado social ofrece recursos educativos a sus ciudadanos, lo hace a cambio de algo. La educación es una oportunidad para todos, pero también una inversión en el futuro. Y el activo más rentable es el de los jóvenes que nos abrirán nuevos horizontes, con los que afrontar los colosales retos que nos aguardan. 

El método

-         ¡¡¡Viva el empollón con gafas de culo de botella!!! La educación como una máquina de transmisión de conocimientos.
    En las escuelas, los profesores nos dedicamos, básicamente, a transmitir conocimientos. Todo el tejido de la enseñanza está concebido en base a la adquisición de saberes. Es un engranaje estructurado en asignaturas y unidades didácticas, cuyo objetivo es inculcar al menor unos saberes predeterminados.
    Pero la educación no debería ser sólo una máquina de transmisión de conocimientos. Que el mayor esfuerzo y tiempo se destine a dicho fin, no implica que sea único, o el más importante.
   ¿No hemos explicado, en el apartado anterior, que la educación es un proceso de adquisición gradual de autonomía y responsabilidad?
   ¿Y el conocimiento de uno mismo? ¿Puede la educación ayudar a que los alumnos, además de aprender los fenómenos externos, puedan descubrirse a sí mismos? Con ello no pretendo aludir a episodios espirituales de meditación trascendental o de auto-recogimiento, o cualquier otra técnica de reflexión interior. Si no podemos conocernos por dentro, al menos sí que podemos reconocernos a través de nuestras obras o nuestras acciones. Porque otra manera de observarnos mejor es pulir, explotar y, también, exhibir todas o casi todas nuestras capacidades.
      En los centros escolares se potencian muy pocas habilidades: la memoria (en especial la fotográfica) y la inteligencia abstracta. Dos ámbitos en los que el empollón con gafas de culo de botella se mueve como pez en el agua. Las aptitudes artísticas, atléticas o manuales, quedan relegadas a un segundo plano o a la ignorancia. A pesar de que hay asignaturas específicas para estos ámbitos, en la mayoría de las ocasiones los profesores eluden las tareas y evaluaciones prácticas, para recaer de nuevo en los contenidos abstractos y teóricos en los que vuelven a valorarse la memoria y la abstracción. Puede suceder, por lo tanto, que un joven hábil y atlético suspenda educación física porque no memoriza el sistema muscular, o que un niño prodigio con el violín fracase porque no escribe bien la respuesta a lo qué es una corchea.
  La ignorancia sobre las aptitudes creativas, físicas y manuales las sume en un peligroso letargo, ya que pueden atrofiarse o incluso olvidarse. Si no despiertan en la juventud, difícil será que lo hagan más tarde. No es tan exagerado decir que en los centros escolares se amputan muchas habilidades, y no sólo habilidades, sino actitudes como la iniciativa y la creatividad. 
   ¿Por qué tan elevadas cifras de fracaso escolar? Quizás porque en el sistema educativo no tienen cabida los atléticos, los ágiles, los artistas, los creativos, los manitas…
   El conocimiento que se imparte en la educación debe ser útil para quien lo recibe, es decir, para el alumno, pero también debe de serlo para la sociedad. Aquellos que tienen una visión material de la utilidad y la confunden con el beneficio económico, sólo aceptan como provechosas aquellas lecciones que sirvan para ganarse la vida como obrero cualificado o para lucrarse en el mercado (tecnologías, informática…). Pero una sociedad que afronte los retos del futuro necesitará, además, emprendedores y creadores con valores, vecinos solidarios y comprometidos con el medio ambiente, ciudadanos autocríticos con visión política, mujeres y hombres felices… Por ello no hay que desechar, además de las asignaturas instrumentales, la ética, las ciencias sociales, las ciencias del entorno, las artes… Sin embargo, es cierto que en las aulas de primaria y secundaria siguen impartiéndose lecciones sobre contenidos que no reportarán beneficios individuales ni sociales: análisis sintáctico, fonética, propiedades aritméticas y, en especial, términos y clasificaciones exclusivas del ámbito académico (monocotiledóneas, angiospermas…). Arrinconar el conocimiento exclusivamente académico debería servirnos para centrarnos y profundizar en el socialmente útil.
-         ¡¡¡Viva el academicismo!!! Una máquina de transmisión de conocimientos teóricos.
    El hombre ha clasificado los conocimientos en ciencias y dentro de ellas los ha ordenado en categorías teóricas. En las escuelas y los institutos, el saber se explica desde la óptica racional y abstracta. Este propósito es lo que se conoce como academicismo.
   Muchos autores anglosajones están criticando este método de exponer los conocimientos. Alegan que nuestra forma de aprender mimética no se adapta al academicismo y que, además, los conocimientos teóricos apenas sirven para la vida práctica. Y tienen razón, al menos en parte. El academicismo es válido para formar a profesores universitarios, pero no para lecciones de primaria o secundaria.
  Pese a algunos intentos por superarlo, el academicismo sigue muy vivo y, como un pulpo con largos tentáculos, se ha extendido por todas las asignaturas escolares. En lugar de corregirse, como una bola de nieve va descendiendo imparable llevándose todo el saber consigo, desde las asignaturas instrumentales, a las clases de educación física y de arte. Los profesores, cuál adiestrados reclutas, ejecutan su labor, fieles a los principios de explicación racional y ordenada.
    ¿Conocemos bien la capacidad intelectual de un niño de diez, doce o catorce años? Quizás en el campo tecnológico, en el uso de interfaces cibernéticas, pueda ser más avispado que un adulto. Yo me refiero a aspectos más mundanos, como por ejemplo entender las noticias de un periódico o de un telediario. Diez, doce o catorce años no son suficientes para que madure su forma de entender la realidad. Esto mismo sucede cuando este niño tiene que comprender una explicación o un libro de texto ordenado de forma abstracta y académica.
    El academicismo está presente en las explicaciones, en los libros, pero también en las pruebas de evaluación.  Muchos profesores no tienen reparo en formular definiciones en los exámenes: ¿qué es un enunciado?, ¿qué es una silaba?, ¿y un reptil?, ¿qué es el proceso de industrialización?, ¿y la propiedad conmutativa?... El menor, incapaz de articular explicaciones académicas por su cuenta, se verá obligado a memorizar la respuesta, aunque entienda lo que le están preguntando. Con este tipo de ejercicios, se antepone lo inútil a lo útil no sólo con los contenidos (preguntando nociones que sólo servirán para tesis doctorales), sino también con la forma de aprenderlos (dando prioridad a la memoria fotográfica frente a la comprensión).
   Les exigimos que elaboren respuestas a preguntas abstractas, sin que les hayamos enseñado a elaborar formulaciones teóricas.
-         Clases magistrales o el gorrión en la ventana. Metodología del profesor.
    En muchos aspectos, la educación sigue anclada en la edad de piedra. Las ambiciosas reformas educativas siempre incurren en el mismo error, como un coche que tropieza mil veces con la misma piedra; no en vano toda reforma es un simple escaparate de publicidad de los políticos a quienes importa, ante todo, aspirar a ofrecer rimbombantes objetivos cambiando las formas, pero sin atreverse nunca a entrar en el fondo : las aulas.
    Otra de las costumbres antediluvianas en las que siguen anclados muchos maestros y profesores está relacionada con el método de impartir sus lecciones: las clases magistrales. Hay que decir, en su favor, que nadie les ha indicado alternativas. Hay profesores que prefieren pasarse una hora hablando desde de su tarima, disfrutando de su propia voz, en un egocéntrico acto de posesión suprema de la información. Creen que todo lo que sale de su boca es un manjar delicado, de sus labios, cuál pétalos de flor, se expelen áureos y exquisitos manjares de conocimiento que sus receptores deben paladear. Tampoco se trata de pasar al extremo contrario y prodigarse en silencios interminables. Pero un profesor debe ser consciente de que, por muy interesantes que sean sus disertaciones, la atención continuada supone un desgaste para el alumno. De forma inconsciente pero compulsiva, muchos docentes aturden, aburren, desgastan la educación, matan la curiosidad, aplacan emociones, destruyen el futuro con su implacable verborrea. Los que son más reacios a ceder la posesión de la palabra, son los que menos toleran que sus alumnos se aburran tras treinta minutos de disertación. Es egocéntrico aprovechar el aula para verter pulsiones internas, inquietudes personales, para disfrutar siendo el polo de atracción como lo sería el protagonista del monólogo de una obra de teatro. Pese a su deteriorada condición, las aulas son como recintos sagrados del aprendizaje y de ellas nadie es amo y señor.
    El cerebro humano no está programado para soportar palizas y menos en una sociedad tan dispersa, tan multi y tan pluri. A los niños y jóvenes podemos pedirles, recomendarles que estén atentos pero nunca obligarles, ni tan siquiera exigirles. La decisión de atender es estrictamente personal y hay que respetar la voluntad de hacerlo o no hacerlo.
   La explicación oral, seguirá siendo el pilar básico de la educación primaria y secundaria. Pero también tenemos que enseñar a los jóvenes a que vayan aprendiendo por su cuenta, a que se descuelguen de la dependencia del profesor, de la misma manera que lo hacen de sus padres, de forma paulatina. Las tecnologías actuales ofrecen múltiples posibilidades para que los estudiantes emprendan el camino por su cuenta.
   La explicación no debe de manar de forma apabullante. Puede alternarse con la lectura del libro de texto, práctica de ejercicios, visionado de audiovisuales….
   ¿Qué han hecho los políticos, y sus peones de ajedrez, inspectores de educación y asesores pedagógicos, para reconvertir el método de las clases magistrales? Lo ignoro, pero me atrevería a decir que nada más que alusiones. La formación del profesorado se basa en conceptos abstractos, es reacia a las perspectivas prácticas. Me viene a la memoria la conferencia destinada a los docentes, llevada a cabo por una pedagoga, que giraba en torno a las dificultades de atención de los alumnos. Las diapositivas del power point se ceñían al clásico esqueleto académico: concepto, características, clasificación... Con ellas consiguió dilapidar casi toda la conferencia. Para terminar mostró la imagen de un alumno aburrido en clase, ajeno a las lecciones del maestro, con la mirada distraída en un gorrión que discurría por la repisa de una ventana. Con una entonación intrigante, propia del que relata una historia de misterio, lanzó la pregunta clave ¿por qué el niño observa el gorrión y no escucha al profesor? Unos segundos de silencio flotaron en el ambiente, en los que la ponente se embargó del poder para sacudir las inquietudes de sus oyentes. Nadie respondió, tampoco ella. Aquellas fueron sus últimas palabras, había logrado poner un broche de oro a un insípido e inútil circunloquio de una hora. Quien conoce a la mayoría de pedagogos sabe que su función es la de añadir pero no resolver.
  Una cosa es acompañar la explicación con nuevas tecnologías, ejercicios, y otra es denostar el principal material de estudio, el libro de texto. El manual debería ser el camino por el que el alumno discurre en el aprendizaje durante un curso, en las asignaturas de contenido (naturales, sociales) y en las instrumentales. Hay docentes que no tienen reparo en prescindir del libro o de una parte de él, y suplen el temario con apuntes y fotocopias varias.
    La crítica a la calidad de los manuales escolares debería estar en primerísima plana. Los ciudadanos nos quejamos repetidamente del precio. Veinte o treinta euros a cambio de conocimiento, ¿es mucho o muy poco? He tenido en mis manos ejemplares de dudoso valor, especialmente de la enseñanza de lenguas, que priorizan contenidos teóricos. Sin embargo, para nuestra sociedad la calidad de los libros escolares es un asunto secundario. La inquietud central es el precio. Tratarlos como un gasto impuesto que hay que adquirir a un mínimo coste denota menosprecio y, por ende, una bajísima noción de la educación. Una sociedad con las inquietudes perturbadas no puede funcionar bien. De esta situación somos todos culpables, en especial el colectivo de profesores, porque nosotros somos los que tenemos el encargo y la responsabilidad de elegir los libros para cada curso (entre un reducido margen de opciones). En este sentido las decisiones se toman de forma irresponsable y precipitada, muchas veces influidas por un regalo de la editorial (un portátil para el departamento). ¿Qué es un regalo sino el trabajo encubierto de una empresa que apuesta por el engaño y no por la calidad?
     Quiero hacer una última precisión. He repetido hasta la saciedad que los contenidos educativos están hinchados de teoría y academicismo. Pero no pretendo que se confunda este planteamiento con la defensa de la metodología concienzuda y algo rígida. Los profesores debemos de programar cada curso. Las clases convertidas en un escenario diario de improvisaciones son fruto de un profesor sin rumbo. Hay que flexibilizar los academismos educativos, no tanto las metodologías de trabajo. La idea del profesor abierto al progreso educativo no debe conectarse con la del que reniega del método.
-       Felicidad, ¿para qué? ¿Y el entretenimiento? La desalmada versión del aprendizaje.
   ¿Felicidad?
   Una infancia triste es un tesoro hundido en lo más profundo del océano. ¿Pueden ser felices nuestros hijos dentro de recintos masificados divididos en jaulas asépticas, cercados por vallas, donde rigen unas pautas marcadas de conducta y una convivencia impuesta? Nosotros los padres, pasamos por lo mismo, alegamos. ¡Necios! Sin embargo, cambiar el diseño, la arquitectura, la organización de los centros escolares sería una tarea colosal, que exigiría grandes inversiones.
  Les recomiendo que se den un paseo alrededor de un centro educativo a partir del mediodía, cuando niños y jóvenes cargan sobre sus espaldas unas cinco horas de clases magistrales. No obstante dicho paseo es una quimera, porque escuelas e institutos están herméticamente cerrados al exterior (generalmente con verjas), condición que sólo comparten los centros penitenciarios y los militares. Pero si lo hiciesen, de una forma u otra se sentirían envueltos por un ambiente hostil, como un explorador adentrándose en el corazón de la jungla: golpes y otros ruidos violentos brotando de las paredes, gritos desganados, alaridos, voces desquiciadas de profesores, risas burlonas. Tendrán la impresión de que las paredes del edificio vibran, tratando infructuosamente de reprimir el espíritu indómito de los alumnos.
   No se les permite salir de las aulas, incluso para ir al lavabo. No pueden deambular sin la presencia de un profesor. Tienen que ir en grupos. Su libertad de movimientos puede compararse con la de los prisioneros en una cárcel. Viven agrupados en una voluminosa densidad, en especial durante el recreo. Todo recuerda a una lúgubre prisión. En el ambiente hostil flota una brisa de salvaje convivencia.
  Los adultos (y las revistas de cuchicheo) somos conscientes del valor que tiene el ambiente de trabajo. El ideal lo vemos plasmado en los jardines y en las habitaciones espaciosas de Facebook. Sin embargo, no se nos ocurre extrapolarlo a los menores, porque erróneamente los tratamos como seres distintos. ¿Son los jóvenes hostiles por naturaleza o es el desalmado ambiente escolar el que los transforma en tales?
  Las leyes y la cobardía de muchos profesores, han concebido a los menores como una responsabilidad ambulante con patas. Hay que evitar a toda costa que actúen fuera de su control, de lo contrario alguien pagará por sus fechorías. Es el desagradable juego de te veo, te vigilo, te pillo. Todas estas represiones lo único que estimulan son los deseos transgresores de los alumnos. Hay que felicitar a la mayoría, que no están dispuestos a incumplir pese a las limitaciones que sufren. Por muchas matizaciones que se pongan, los centros escolares son entornos grises y hostiles.
    ¿Y el entretenimiento?
   Menos rimbombante que la felicidad, es el entretenimiento. Tampoco hay que confundirlo con la diversión. ¿Pueden ser entretenidas las mates, las lenguas o la música? La respuesta de la mayoría del profesorado sería negativa, a tenor de los métodos que emplean. Algunos docentes suponen que sus clases magistrales son fuente inagotable de amenidad y que los ejercicios prácticos son deberes para hacer en casa, que los audiovisuales son poco académicos, que las excursiones incitan a una desmesurada diversión… ¿Se comprende mejor la Revolución industrial desde la perspectiva de una explicación oral y teórica que desde una lámina, una novela, un largometraje o la excursión a una fábrica restaurada? Una imagen, una experiencia, vale más que mil palabras, aunque por sí sola es incompleta.
    Una clara muestra de la compulsiva creencia en que lo ameno debe de estar vinculado con el sistema academicista de educación escolar, son los célebres formularios pregunta-respuesta con los que los profesores apabullan a los alumnos tras algunas experiencias prácticas: en un enconado esfuerzo por llevar el academicismo y la teoría a los confines del conocimiento, imponen encuestas sobre filmes, documentales, excursiones… Un propósito útil es sacarle rendimiento a la experiencia con debates orales, trabajos más prácticos; otra el recurso a método de la sempiterna hoja con preguntas-respuesta, de cuyo acoso los estudiantes no se sustraerán durante los diez años de su trayectoria educativa (de seis a dieciséis años) ¿Y las excursiones? ¿Por qué les encantan tanto a los alumnos y las detestan tanto algunos profesores? Una buena oportunidad para renovar el ambiente, socializarse. Sin embargo la mayoría de salidas al exterior se organiza siguiendo el esquema académico de las aulas y lo único que cambia es quien imparte las lecciones: el profesor es substituido por un guía.
    Este contumaz comportamiento docente de extirpar la amenidad y espontaneidad del conocimiento conduce a un efecto indeseado: el aborrecimiento de películas, documentales e incluso las excursiones. Hemos suprimido el aprendizaje espontáneo, al no permitir que ellos disfruten sin exigirles nada más a cambio.
   Un alumno que disfruta aprendiendo es muchísimo más valioso para la sociedad que otro que saca un diez. La fe, la pasión mueven montañas. Un diez refleja unas aptitudes, enaltece el orgullo, pero no deja de ser un número. Que el aprendizaje emocione, es decir, que penetre y lo asimile como una experiencia íntima, no tiene parangón.  La enseñanza no es un juego, pero puede ser una pequeña aventura.
-       Pedagogía estelar: la paradoja de la élite educativa
   En el Olimpo del saber educativo moran los pedagogos, una especie de gurús oculta bajo las tinieblas de los cargos públicos de confianza. Los responsables de dotar a la educación de contenidos más prácticos son, a su vez, los que más inciden en la vía teórica. No hay pensamiento más abstracto y pseudocientífico que el de un pedagogo. Son los encargados de formar a nuestro profesorado y cumplen su misión con métodos académicos. Cuando en la Unión Europea surgió un nuevo paradigma, la educación por competencias, los pedagogos promovieron seminarios teóricos de cómo llevar a cabo una educación práctica: suministraron conceptos abstractos y clasificaciones tipológicas de la educación por competencias. Los profesores asistimos a conferencias en la que los pedagogos desplegaron sus diapositivas power point. En ningún caso ofrecieron métodos ni soluciones prácticas. Esta es la paradoja: abordar con más teoría una reforma práctica de la enseñanza.
    La educación por competencias, como otros programas de renovación educativa, son montones de dinero dilapidados. Hoy en día la educación por competencias sobrevive en la terminología de las programaciones del profesorado y en el nombre de las pruebas de capacidad. Nada más. Otro experimento condenado al fracaso.
   Si entendemos que los cambios de desarrollan desde arriba, es fácil comprender que son los pedagogos y los políticos los principales responsables de este empantanamiento teórico de la educación. Son ellos los inculcan la visión académica al profesorado que, a su vez, la transmite a sus alumnos.
-       ¡Más, más, más!
    Lo breve, si bueno, dos veces bueno. Una mayor cantidad, no implica una mayor calidad. La fatiga, el hastío conducen a un resultado perverso, distinto al previsto. Para un alumno que pasa nueve horas encerrado en un centro escolar, es inevitable el contagio. La crisis ha supuesto la supresión de los comedores escolares y, como consecuencia, la concentración de las clases de secundaria por las mañanas. Una medida de choque en apariencia negativa, pero liberadora para los alumnos, que empiezan a mostrarse menos fatigados y conflictivos.
   Los adultos conocemos las virtudes de la desconexión. Es decir, somos conscientes de que es positivo para nuestra salud psíquica gozar de jornadas o temporadas en las que podamos desvincularnos del trabajo: recargar las baterías. Lo que llamamos descanso o vacaciones, amparados por leyes laborales. Es cierto que los menores disfrutan de periodos vacacionales mucho más amplios que los adultos, aunque no hay que olvidar que les mandamos faena para vacaciones. Ni tampoco que muchos, cuando dejan la escuela por la tarde, llegan a casa con un fardo de deberes escolares pendientes. De hecho, el descanso del menor no está regulado y puede suceder que se sienta asediado por los deberes escolares y que dicha medida, solo haga que aumentar su hastío. Una jornada de seis horas diarias debería ser suficiente, especialmente hasta los menores de dieciséis años. Los profesores que envían deberes a casa, voluntaria o involuntariamente, son cómplices del hastío. Además es una clara muestra de que el docente no está cumpliendo con su programa en las horas de clase. Una excepción serían los rezagados (NEE), empujados a un mayor sacrificio, para quienes tienen sentido los deberes de refuerzo. 
    Como ya he resaltado, también pecamos de exceso en los contenidos: análisis sintáctico, fonética, propiedades numéricas, teoría del canto…  Añadir que hay algunos temas que, por falta de coordinación curricular, se duplican, triplican, cuadriplican o incluso más, pululando por distintas asignaturas. Un ejemplo nítido es la lección de las energías renovables, que puede repetirse hasta siete veces en la ESO: ciencias sociales de 1º, 2º, 3º y 4º, Tecnología, Ciencias Naturales, Física (sin olvidar las lecciones de primaria).
    El pecado final, quizás el más grave, es el de exceso de método. Parece que para enseñar sea imprescindible seguir por las académicas sendas de la pedagogía,
-       Al pie del Sinaí: la consagrada evaluación.
    Los profesores llevamos a cabo dos compromisos básicos: enseñar y evaluar. En el segundo observamos, estudiamos, analizamos las aptitudes de los alumnos (mediante exámenes, trabajos….) y las traducimos a un número en una escala del 1 al 10.
    Discutir sobre si es necesaria la evaluación o no en la educación, es una reflexión que va más allá de este ensayo e implica visiones rayanas en la ciencia ficción. Para algunos apologetas con tintes de progresismo renovador, el éxito de la docencia no depende de la existencia de exámenes o trabajos. Pero cuestionar las pruebas, supondría poner en pie de guerra a toda una sociedad adicta a la titulitis.
    Acceder al conocimiento ya no es ningún privilegio. Internet responde a todas o casi todas las preguntas que puedan estar relacionadas con los contenidos educativos (al margen quedan cuestiones ontológicas como ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?...). El profesor ya no es el poseedor que transmite, sino el experto que selecciona y explica. Sin embargo, conserva intacta la función evaluativa, que con los cambios ha cobrado más significación.
    Difícil será que un docente pueda llevar a cabo una evaluación de forma competente si no cree en ella. Preguntas como ¿para qué sirven los exámenes? tienen más relación con visiones existencialistas que utilitaristas. Sólo si conocemos para qué vivimos, sabremos para qué evaluamos.
    Dejando al lado las disquisiciones filosóficas de bolsillo, de lo que no voy a dudar es que una evaluación rigurosa, objetiva, justa, profunda y amplia es la mejor garantía de calidad en la educación.
   Y es aquí donde quiero detenerme en aspectos más mundanos: el del exceso de pruebas teóricas, las evaluaciones parcas, las opacas, las difusas y finalmente aquéllas distorsionadas por otros factores, especialmente los personales.
      Fotocopias y membrete
      Las nuevas tecnologías, ¿han supuesto un cambio importante en los métodos de evaluación? De los exámenes escritos a mano hemos pasado a los impresos fotocopiados con el membrete oficial del centro. Evidentemente esto no implica ningún cambio en el método. La forma de evaluar es, más o menos la misma. En la mayoría de los exámenes que afrontan los alumnos en la actualidad, el azar y la memoria fotográfica son factores decisivos, frente a la comprensión y a la competencia.
    La ruleta
   De sobras es conocido el discurso de que los profesores, al elaborar los exámenes, debemos evitar que factores como la memoria fotográfica o el azar sean decisivos. Las pruebas con una o dos preguntas, o que éstas se concentran en una lección, dejando las demás sin evaluar, fomentan el efecto ruleta: el que lo ha apostado todo a un tema puede salir ganando o perdiéndolo todo. Todos los contenidos básicos deben ser evaluados.
  Teoría y memoria.
    Ya me he referido en varias ocasiones a la desmesurada vocación docente de teorizar contenidos. Cualquier ciudadano que no sea futuro profesor, es incapaz de articular definiciones teóricas por su cuenta. Preguntas del estilo ¿qué es una sílaba?, ¿qué es el enunciado?, ¿qué es un reptil?, ¿qué es la propiedad conmutativa?, siguen proliferando en los exámenes, y el único camino que tienen los alumnos de responderlas es aprendiendo las respuestas de memoria. Como ya dije, hay un abismo entre la comprensión de lo que es un reptil, una sílaba, un pentagrama y la capacidad de formular una definición teórica y académica.
   La memoria es una facultad mental básica. Hay muchos contenidos prácticos en los que ésta se puede fomentar: letras del alfabeto, huesos del cuerpo, países del mundo, las preposiciones, tablas de multiplicar y otras fórmulas, partes de una flor, clasificación de los animales, normas de acentuación…
    Una cuestión de esfuerzo
   La dedicación del profesor en la selección de los criterios de evaluación y, en aspectos como la confección del examen es uno de los pilares de una evaluación justa y rigurosa Algunos docentes se inclinan por hacer pocos exámenes durante el período escolar, con escasas preguntas, la mayoría de índole teórica. Con ello reducen significativamente el esfuerzo de preparar las pruebas y de corregirlas; a cambio de potenciar factores como el azar o la memoria fotográfica. Cuando las evaluaciones no son profundas, ni rigurosas, ni justas, cunde el desánimo y la sensación de injusticia entre los alumnos.
    Evaluación completa y transparente
   A la hora de evaluar, no se tienen en cuenta sólo los exámenes, sino los trabajos, los ejercicios y la conducta. La nota final viene a ser una combinación matemática de todos los criterios anteriores. Hay profesores que mantienen en privado la fórmula o combinación aritmética, para así reservarse un margen de arbitrariedad. En una sociedad que aspira a la transparencia como uno de los valores del futuro, ningún método público puede estar en penumbra, ni tan siquiera la evaluación de un profesor: exámenes, procedimientos, criterios numéricos… deben estar a la vista de alumnos, padres y de cualquiera que pretenda husmear en el funcionamiento de un centro escolar. La transparencia es un esfuerzo de todos, pero especialmente de los que trabajamos en el sector público.
  Encargar trabajos que consistan en la mera recopilación de conocimiento ya no tiene sentido, porque internet es una fuente inagotable de información. Los docentes debemos adaptarnos y exigirles tareas que obliguen a un tratamiento original y práctico de los contenidos. Hay tan poca autocrítica en el mundo docente, que culpamos a los alumnos de plagiar los contenidos en la red, cuando los equivocados somos nosotros por promover este tipo de acciones con trabajos poco estimulantes.
   The big brother
  Evaluaciones rigurosas no implica que el alumno se sienta continuamente examinado. Hay que separar con claridad los espacios de evaluación de los de aprendizaje, de lo contrario volveremos a adulterar y empañar la educación.
    Evaluaciones difusas
   Desde hace unos años, los pedagogos vienen potenciando lo que yo llamo evaluaciones difusas, exámenes de índole práctica centrados en potenciar las competencias básicas… Podrían considerarse un avance en el proceso evaluativo, es decir, una mejora. Sin embargo, hay otros detalles que han hecho empeorar el proceso de las evaluaciones, como es el de centrarse arbitrariamente en unos contenidos, obviando otros. Además, este tipo de exámenes son tan difusos, que los alumnos pierden cualquier tipo de seguridad en el estudio, no saben lo que tienen que estudiar porque los contenidos son imprecisos.
    Preguntas claras
    Un alumno puede equivocarse porque no comprende los contenidos, pero nunca porque la pregunta está mal formulada, o porque tiene un significado incierto. Los contenidos a evaluar pueden ser complejos, pero no las preguntas.
    Circunstancias personales.
   ¿Deben tenerse en cuenta las circunstancias personales en la evaluación de un alumno? La pobreza, la familia desestructurada, los abusos, la violencia contra el menor, ¿deben suponer una puntuación más alta o un criterio más flexible? Hay docentes que no tienen reparo en mezclar desgracias con notas, como si estas sirviesen para compensar. Una titulación se define por la posesión de unos conocimientos, no por haber atravesado un cúmulo de circunstancias adversas. Las situaciones personales pueden justificar ausencias, tolerar conductas, atrasar evaluaciones, pero no deben implicar cambios aritméticos en la nota. Sin embargo, hay docentes que aún creen lo contrario.
  Cuando un menor se enfrenta a una situación complicada (desahucio, separación de los padres, violencia o abusos…), se pone a prueba su base moral. De las crisis surge lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, agudizándose durante la inmadurez. Las circunstancias adversas influyen en el carácter y la conducta, pero no la dirigen. Hay que valorar mucho más la decisión que tomemos frente a los acontecimientos, que no tanto las circunstancias que nos envuelven. Menospreciamos tanto la voluntad, que las decisiones de ser bueno, de ser malo, de respetar, de dañar, apenas tienen valor.
  La sociedad debe de articular cuantos recursos sean necesarios para que los menores no sufran injusticias sociales y tengan la oportunidad de recibir la educación adecuada: libros gratuitos, vivienda digna, alimentación equilibrada, sanidad universal… Los asistentes sociales deben evitar que haya menores desamparados. Todos los desajustes sociales hay que resolverlas fuera del centro escolar. Una vez cruzada la verja los conflictos se esfuman y las diferencias no tienen cabida.
    ¿Quiénes deben triunfar en el sistema educativo? Por supuesto aquellos alumnos trabajadores, metódicos, disciplinados, inteligentes, pero también los que demuestren habilidades en cualquier faceta.


2.    Conclusiones.

    Cuando me dispuse a afrontar este ensayo académico, ignoraba cuán lejos me conducirían mis reflexiones. Empecé buceando con unas ideas superficiales y, sumergiéndome con el simple equipaje de mis experiencias, he regresado con mis convicciones fortalecidas.
    Los cambios que debe afrontar la educación son múltiples, empezando por su destinatario más importante, el alumno. Arrastramos un desfase socio-cultural en la perspectiva del menor, que se ha enquistado formando jóvenes apáticos, esquivos a las exigencias sociales, adictos a un falso bienestar materialista. Tantas lecciones académicas conculcadas, tanta obsesión sobreprotectora, les han alienado de las fundamentales lecciones de la existencia: conocerse a uno mismo, adquirir responsabilidades, que las acciones conllevan unas consecuencias, que todo objetivo requiere un sacrificio y, por encima de todo, dirigir su propia existencia. Simultáneamente, hay que reconocer algunas de sus aspiraciones, concederles más autonomía, que su tiempo libre esté tan reconocido como el de los adultos, que las tareas escolares no se inmiscuyan en el ámbito del hogar…
    El profesor seguirá siendo la pieza clave de toda reforma o revolución. Necesitará mejorar su status, sus condiciones profesionales, pero a cambio deberá estar a la altura de lo que se le exige. Necesitamos profesionales que crean en la educación, abiertos en sus planteamientos, versátiles en su función. Elevar el nivel de exigencias para ser profesor de primaria y exigir a los de secundaria que abarquen distintos contenidos educativos. No podemos permitirnos el lujo de adaptar las asignaturas de un curso para dar horas de trabajo a un profesor de francés, sino que deberá ser el profesor de francés el que, si le faltan horas de trabajo porque el francés está de capa caída, impartirá otras asignaturas afines.
   La ESO ha adquirido tantas connotaciones nefastas, que su única aportación al bien común será la de desaparecer. Hay que volver a adaptar la trayectoria educativa a la autonomía de los menores y no a los requerimientos de una ley: una primaria de ocho años (hasta los catorce años) para acceder a ciclos formativos o bachillerato de cuatro años. Nada impide que la educación siga siendo universal hasta los 16 años.
    Los ciclos formativos deberían estructurarse en tres o cuatro cursos, siendo interdisciplinarios, flexibles y organizados desde la cogestión pública y privada. Una trayectoria bipartita: dos años de bloque profesional común (ejemplo: administración, mecánica, electrónica, artesanía), que engloben a alumnos de especialidades similares; y otros dos de especialidad (mecánica de automóviles, carpintería…). Hay que tener en cuenta la conveniencia del período de prácticas. Sin olvidar que, durante los dos primeros cursos se mantendrán algunas asignaturas del currículum general (lenguas, ciencias sociales, naturales, matemáticas).  
    Hay que cribar el conocimiento que se imparte en la educación. Una cosa es tratar la información como una mera herramienta profesional, y otra es impartir lecciones que no reporten ningún enriquecimiento personal.
    ¿Revolución educativa?
   ¿Reforma o revolución? Cuando el sistema político se repliega sobre sí mismo, encerrándose como un armadillo, las reformas son meras excusas para mantener el statu quo. Es entonces cuando el cambio sólo se puede conseguir por medios más drásticos: revolución. La diferencia entre ambos es fundamental: las reformas no implican cambios en el agente que las diseña y aplica (el poder político), mientras que las revoluciones suponen una verdadera deposición en el vértice del poder.
    Una revolución es, ante todo, un cambio institucional. Todas las revoluciones políticas han implicado, por un lado, relevos en los gobernantes y, por otro, transformaciones en la forma de gobernar. Cuando el Estado (si se mantiene como tal) lo dirija una nueva entidad política, aún imaginaria, estaremos en posición de llegar a la médula, transformando hasta los conceptos: centros escolares, función pública, metodología…
    Ignoro si estamos lejos o cerca de la revolución, aunque no dudo de que será inevitable, porque el sistema político actual ya no puede cambiar por sí mismo. Mientras no nos empujen los aires revolucionarios, deberemos conformarnos con reformas que no sean simples operaciones de maquillaje.
   ¿Cómo? En primer lugar, estableciendo un nuevo marco legal (leyes del menor y de la educación). Después, renovando programas educativos desde una perspectiva docente y no pedagógica: ofreciendo a los profesores métodos y contenidos más prácticos (enseñar a hacer exámenes, a evaluar, a explicar las clases).
     Sin embargo, el avance más importante en la dirección del cambio, le corresponde a la sociedad. No olvidemos que el problema educativo es, ante todo, una cuestión social.
    Cuestión social recuerda a las fórmulas ambiguas con las que los pedagogos zanjan los asuntos espinosos, sin ofrecer soluciones.
   Cuestión social porque en los tentáculos de la educación alcanzan, además de los centros escolares, a las familias, a los roles sociales, a los medios de comunicación. Pero, ante todo, cuestión social porque la educación es parte y pilar de la sociedad.
    Finlandia y Corea encabezaron el ranking PISA del 2013. Al margen de la estúpida  pretensión de desglosar la vida en estadísticas, hay que rendirse a la evidencia de que, tras los cálculos aritméticos, pueden encerrarse algunas evidencias que no son aritméticas. Esto es un ensayo académico, no un tratado científico que deba argumentarse con discursos numéricos; pero en esta ocasión aprovecharé los porcentajes del PISA para refrendar mis opiniones. 
   Corea y Finlandia, los vencedores de la educación (a tenor de los números), responden a dos modelos socio-culturales: el oriental y el nórdico. La clave del “éxito” de sus sistemas educativos no radica en las leyes ni en los programas educativos en sí, sino en la intensidad de lo social.
    El modelo oriental está imbuido por rasgos como el mérito y el sacrificio. Hay que desconfiar de los tópicos, pero en general los estudiantes coreanos, chinos, japoneses están más dispuestos a esforzarse en el estudio y dicho esfuerzo se traduce en mayor rendimiento. Un sacrificio hasta cierto punto irreflexivo, alienado, dirigido por otros, porque no parece ir acompañado de una mejora en el bienestar común. Las sociedades orientales funcionan como inmensos termiteros, en las que se reduce el margen individual, aplastado por las exigencias sociales. A juicio de un occidental, son poco egocéntricos y egoístas. Su escaso margen crítico no estimula la iniciativa individual. De dichas sociedades surgen técnicos y profesionales muy cualificados, pero un número reducido de creadores.
    En nuestra sociedad pasa exactamente lo contrario. Lo individual aplasta a lo social. Se antepone el beneficio propio o el de la familia., frente al bien común  Nadie cree o quiere creer en que sus acciones profesionales puedan estar, en parte, orientadas por el compromiso con los demás. La carencia de perspectiva comunal conlleva que la creatividad y el trabajo se pongan al servicio exclusivo del beneficio particular. Sociedades en que los cerebros más privilegiados son destinados a elucubrar en cualquier proyecto que implique un beneficio material y particular.
   Quizás el modelo nórdico sea el ejemplo que más se acerca al anhelado equilibrio entre lo social y lo individual. Hay que matizar todo lo que se enaltecer el ideal escandinavo, porque apenas hay estudios rigurosos sobre dichas sociedades, porque los tópicos son engañosos y porque el capitalismo neoliberal también está arraigado. El espíritu social escandinavo combina individualidad y compromiso social. Su altruismo no surge como una imposición cultural irreflexiva al estilo chino, sino como fruto de una convicción personal.
   La educación es una de las piezas claves de la sociedad, un bien común de todos los ciudadanos. Un valor aquilatado que refulge gracias al compromiso y al sentido crítico de sus poseedores. Educar es un progreso individual y social. Nadie está al margen.
  ¿Podemos mejorar nuestra cultura social de la educación? ¿Podemos transformarnos en ciudadanos comprometidos al estilo nórdico? Cuando se trata de cambios de conciencia, no hay que llevar a cabo obras públicas, ni ambiciosos proyectos legislativos. La cuestión es conocer cuál es el problema y su magnitud. A esto le llamamos concienciación. La sociedad española se enfrentó a la violencia doméstica llevando a cabo un programa que incluía campañas publicitarias y modificaciones penales. Es decir, sacó el problema a la calle y lo señaló con el dedo. El compromiso social se obtiene sacudiendo las almas, no empujando los cuerpos. Sin embargo, ¿quién puede tener la talla ética para decirnos que tenemos que cambiar nuestra percepción y conducta hacia la educación? Los políticos desde luego que no. Un mensaje no tiene valor si su emisor es un impostor.
    Los problemas colectivos no se resuelven desde la óptica del beneficio individual; estamos más unidos que nunca, en un vínculo tan intenso como invisible, en el que se solapan medio ambiente, información, recursos energéticos, poder, sentimientos... La perturbada ceguera del presente esconde como la globalización ha puesto patas arriba el patrón de relaciones. Han germinado lazos y se han esfumado las distancias. El valor más aquilatado del ciudadano es la conciencia individual y social. Una conciencia que le aparte de la mano invisible del poder, y que le guíe por los senderos de la voluntad prístina.
   ¿Seremos capaces de aceptar que el ejercicio de una profesión (desde la de maestro a la de basurero) implica un compromiso y una responsabilidad con los demás? ¿Qué cada una de nuestras acciones beneficia o perjudica a una colectividad de la que formamos parte y a la que nos debemos? ¿Qué en dicha colectividad, a la que llamamos sociedad, subyace nuestra supervivencia individual como seres dotados de voluntad y espíritu?   
    Conscientes de nuestra dimensión comunitaria, de que el interés social no se circunscribe al ámbito familiar o doméstico, el siguiente y último peldaño será adquirir la convicción de que la educación es nuestra mejor inversión: la factoría que moldea a quienes, en un futuro, investigarán tecnologías, crearán arte, afrontarán el riesgo de una empresa, votarán a buenos o malos gobernantes, serán trabajadores cualificados o no… Los economistas, tan aferrados a sus porcentajes de crecimiento, a los flujos de capital, a la productividad  y rentabilidad, omiten que el factor más valioso y más decisivo en las gráficas macroeconómicas, somos nosotros. ¿Quién marca el destino de la nave sino el que la pilota?
   Los resultados de la educación no pueden medirse con cifras. Quizás los exámenes puedan otorgar títulos, pero no muestran el camino a seguir. ¿Qué dice más de nosotros, un espejo o un número, la forma en que afrontamos los conflictos diarios o tres folios escritos de una prueba? No hay examen más lúcido y severo que la crítica. ¿Somos ciudadanos con criterio propio o nos limitamos a repetir lo que los demás nos dicen?, ¿somos vecinos solidarios y respetuosos con el entorno?, ¿nos preocupamos de ser competentes, responsables y versátiles en nuestras faenas?, ¿emprendedores creativos?, ¿genios dispuestos a trabajar para el bien común?   
    Una sociedad bien formada es capaz de afrontar mejor los grandes retos del futuro, cada vez más complejos, que exigen miembros mejor preparados.
    No hay mayor emoción que podamos sentir los humanos que la de descubrir.

                                                                                                  Miquel Casals Roma
                                                                                                  quelocasals@yahoo.es